miércoles, 5 de agosto de 2015

La Secta de las Puertas del Cielo.

RANCHO de San Fe, California:

Los 39 miembros de la secta «Puerta del Paraíso» que, en 1997, fueron hallados muertos, en una mansión de San Diego (California, EE.UU.) fueron encontrados por la policía que se personó en el inmueble para hacer labores de investigación boca arriba y con un velo que les cubría la cara y el pecho. De esa guisa y con ese atuendo tan peculiar  esperaban iniciar su «viaje» hacia una nueva dimensión, en concreto al planeta Sirius, al que llegarían en una nave extraterrestre que debía ir a recogerles al instante de fallecer.

 Los miembros de la esta secta de San Diego mezclaron vodka con calmantes y, cual complemento de un cóctel funesto, ahogaron el último aliento en bolsas de plástico. No había otra forma, según ellos, de ingresar en el Reino de Dios. Y ahora, en teoría, van montados en la estela del cometa Hale-Bopp.

Eran 39, 18 varones y 21 mujeres, todos ellos blancos con excepción de dos negros de edades que rondaban entre los 20 y los 72 años. Pertenecían a una secta llamada Heavens´s Gate (Puerta del Cielo) que hacía rodar sus curiosos mensajes de computadora en computadora vía Internet.

De ellos, vestidos todos con pantalones deportivos y zapatillas, queda hoy poco recuerdo. Tan sólo el estupor de amigos y vecinos que todavía no pueden creer que hayan llegado al extremo del suicidio colectivo en aras de un ideal tan incierto como la súbita conversión en ángeles.

Estaban convencidos de ello. A juzgar, sobre todo, por la prédica constante de desechar las envolturas (los cuerpos) que les impedían pelear contra el mal en una guerra cósmica cuyo principal aliado era el cometa.

Paul Follower, empleado de un lavadero de autos al cual iban seguido los miembros de la secta, meneaba la cabeza y confesaba: "Estamos todos muy impresionados. Sabíamos que tenían ideas religiosas muy particulares, pero jamás nos hubiéramos imaginado que iban a terminar así”. El dueño, Al Vignato, rompió en llanto.

Otro de ellos conserva, cual recuerdo, un holograma atado a un cordón en el que se vislumbra una cabeza blanca, rapada y alargada, con ojos verdosos. Tiene aspecto de extraterrestre. Fue el regalo de uno de los miembros de la secta antes de despedirse. De despedirse de la vida, en realidad, porque un rato después, el miércoles, sobrevendría un desenlace fatal en cadena que habría comenzada días antes. El 25 de marzo, al parecer, tenía un significado especial para ellos.

En el barrio Rancho Santa Fe, un paraíso en donde hoy florecen los frutales, nadie comprende bien qué fue lo que pasó. Lo vieron por televisión. Por temor en muchos casos, a enfrentar el absurdo de tanta muerte en medio de mansiones, tipo Beverly Hills, que animan más al placer que al sacrificio.

El escenario del crimen es una casona que, rodeada de palmeras y pinos, domina la cima de una colina en la cual desemboca, cuesta arriba, un camino angosto y serpenteante.
Tiene tejas rojas y arcadas de estilo español, todo un símbolo, a un paso de México, de calles que, como San Diego, 32 kilómetros al Sur, la ciudad cabecera de este confín del Oeste, se han hecho famosas y están en boca de los norteamericanos.

En la esquina Colina Norte y Camino del Norte, el oficial de la policía Matt Wellhouse señaló que ya habían sido retirados los cuerpos y que todos ellos tenían documentos de identidad, circunstancia que habría facilitado la investigación.
Allá arriba, como si nada, un jardinero podaba arbustos y un camión de Federal Express continuaba con el reparto de la correspondencia.
Allá abajo, también como si nada, unos cuantos golfistas seguían con su rutina a la vera de pequeños lagos y majestuosos montes.

Video macabro
Las muertes, su otra cara, quedaron registradas en un testimonio macabro que obra en poder de la policía. Es un video en el que uno de los miembros de la secta dice, por ejemplo: "Hoy es el día más feliz de mi vida". Algunos se acercan dos o tres veces a la cámara, sonrientes. Sólo una mujer llora no sabemos si de arrepentimiento, por miedo o porque quiere huir y la tienen contra su voluntad.

Las vísperas de Pascua, al parecer, eran el momento propicio para ellos. En consonancia, además, con la proximidad del fin del siglo y del milenio en tren de aventurar un motivo, siempre relativo. La parafernalia muy similar a la empleada en Suiza nos hace pensar que se sintieron identificados con la secta de La Orden del Templo Solar  y quisieron copiar varios aspectos de su ceremonia.

"Como fue prometido, las llaves del Reino del Cielo están aquí, nuevamente en manos de Ti y de Do (nombre adjudicado a dos extraterrestres de poderes supremos que habrían secuestrado a seres humanos en los 70), como hace 2000 años en manos de Jesús y de su Padre" fueron las palabras que dejaron como legado en sus páginas de Internet.

Para ellos, según sus prolijos mensajes, el acercamiento del cometa Hale Bopp era algo así como una señal, ya que presagiaba el arribo de una nave de características sobrenaturales que iba a conducirlos a la diestra de Dios: "Nuestros 22 años de aprendizaje aquí, en el planeta Tierra, llegan a su fin. Estamos preparados para abandonar con alegría este mundo".

El líder murió con ellos. Se llamaba Marshall Applewhite, tenía 66 años y, al parecer, estaba identificado con la tendencia New Age. Ya en 1975, al igual que Bonnie Lu  fallecido también por mano propia 10 años después, habría persuadido a varias personas de California, de Colorado, de Nuevo México y de Oregón para que abandonaran sus hogares. En aquella época fracasó, sus niveles de persuasión no estaban tan avanzados.

Su secta primitiva llevaba el nombre de UFO y respondía al culto de Ti y de Do, nombres que, salta a la vista, podrían tener la misma vinculación con las notas musicales que el cinematográfico ET.

Margaret Singer, la primera escritora que estudio al líder de esta secta cuenta que luego de la experiencia en Colorado, donde jamás llegó una nave extraterrestre, junto con su novia emprendió un viaje de lunáticos. Ambos siguieron vagando de ciudad en ciudad convencidos de que la nave espacial tan esperada llegaría para acogerlos.


Cuando un astrónomo principiante de Texas difundió en Internet su teoría de que había un OVNI en la cola del cometa, el destino de la secta de "Do" estaba sellado.

Según la reconstrucción del médico forense, la primera tanda de suicidas, 15 personas, tenía junto a los cadáveres una receta similar a la del "Doctor Muerte", Jack Kevorkian: pudin de miel mezclado con vodka y dosis masivas de somníferos.

Para acelerar su muerte, cada uno de los suicidas se colocó una bolsa de plástico en la cabeza, tal y como había hechos los hermanos de la Orden del Templo Solar en Suiza.  
Sus sobrevivientes hicieron limpieza: quitaron las bolsas, los restos de la poción mortal y acomodaron los cadáveres cubriéndolos con un lienzo violeta.

Asimismo, cada cadáver tenía en el bolsillo el pasaporte y un billete de 5 dólares, quizá para pagar el pasaje en la astronave que les llevaría al Planeta Sirius.

La segunda tanda siguió a la primera con el mismo rito. Los últimos 9 acomodaron a sus compañeros y se suicidaron después siguiendo los mismos pasos que sus compañeros. La ingesta masiva del vodaka con somníferos y arsénico, y la bolsa de plástico apretada a la cabeza para que no hubiera forma de echarse para atrás y evitar la muerte.

"Todo, relató el médico legal Brian Blackbourne, estaba en perfecto orden. Para la cita con la muerte se habían puesto ropa nueva, todos vestían igual, de manera impecable".

A diferencia de la Orden del Templo Solar, de la de los 10 Mandamientos del Congo y la del Templo del Pueblo de Guayana, en San Diego no hubo disparos. Todos los que murieron lo hicieron por voluntad propia, si hubo alguien que se opuso a morir salió voluntariamente sin ser agredido, pues no había indicio alguno que hiciera sospechar que hubo violencia.

No había armas de ningún tipo ni heridas en los cuerpos de los fallecidos. Por otro lado parece muy improbable que alguien pudiera haberse arrepentido y que no hubiera alertado a la policía. Todo hace indicar que era un grupo muy bien cohesionado en el que todos tenían muy claro lo que iban hacer, pese a que en un vídeo saliera una joven llorando. Tal vez era de emoción, tal vez de arrepentimiento pero lo cierto es que no opuso resistencia.


Un final tan extraño, tan macabro  y tan contrario al sentido común que provoca no sólo estupor, sino también un profundo cuestionamiento acerca de los límites a los cuales puede llegar la mente humana.

Las palabras "lavado de cerebro" y "locura colectiva" son las primeras que aparecen intentando explicar por qué muchachas y muchachos, en su mayoría, se matan en forma tan "prolija", esperando un premio cósmico, que los aleje de este mundo "vulgar" en el cual no saben encontrar un sentido para existir.

Las ideas que habitan en la mente de los miembros de grupos sectarios tienen una apariencia inexpugnable. Con pocas grietas, ladrillo a ladrillo, las consignas, las amenazas, las ideas de salvación y, sobre todo, las visiones pre fabricadas del mundo terreno y extraterreno, van construyendo un muro entre las ideas y los afectos ligados al mundo social y, sobre todo, familiar.

Perdidos esos anclajes, la mente se desboca hacia "las alturas", sin referentes que puedan reintegrarla al sentido común, al sentido de la común unidad con el resto del cuerpo social.
Existe la semilla de este tipo de mentalidad sectaria en todo grupo cerrado en el que se pretenda alguna supremacía respecto del resto de la humanidad o que estén fuertemente influenciados por la creencia de los extraterrestres que les hace perder el interés por esta vida.

En estos grupos es en donde la amenaza de castigo (humano o divino) pesa en las conciencias de los miembros, generando en ellos, un miedo profundo y degradante, basado en el temor a perder totalmente un lugar en el mundo y a quedar sin sustento de identidad y afecto.

La idea de una salvación exclusiva, una suerte de Arca de Noé VIP, sólo puede surgir para compensar personalidades vaciadas de ser. A mayor vació de identidad, mayor necesidad de ideas "celestiales" que, a modo de atajo respecto del genuino y humilde camino espiritual, pretenden contrarrestar la pobreza psíquica. La desesperación y la soberbia demuestran, en estos actos lamentables, ser caras de una misma moneda.

El espíritu sectario se manifiesta a través de muy diversas ideas y estéticas. El común denominador está en que siempre se basa en el miedo, el desamor, el rechazo a la diferencia y, sobre todo, en la necesidad de inventar un mundo exclusivo, para entrar al cual, se exige, a modo de carísimo peaje, la renuncia a la propia conciencia, lo que implica dejar de lado aquello que caracteriza, esencialmente, a los seres humanos.

Manson opinó por Internet de la matanza
La World Wide Web, el espacio multimedial y de intercambio en Internet, vive momentos de histeria colectiva tras el suicidio masivo de una secta que ofrecía sus servicios y se comunicaba por la red informática.
Advertencias de los expertos sobre los peligros del mundo virtual y bromas desmitificadoras de algunas comunidades "on line" conviven con el anuncio de un santón condenado por homicidio, el satánico Charles Manson, de la apertura de un sitio virtual dedicado a su secta.

Miles de usuarios se preguntan en Internet sobre las razones del suicidio masivo de los 39 miembros de la secta Higher Source en una lujosa residencia de Rancho Santa Fe, cerca de San Diego, en California.

En medio de las preguntas, uno de los primeros en capitalizar la tragedia es Manson, el psicópata que en 1969 ordenó a cuatro secuaces de su secta asesinar a cinco personas, entre ellas la actriz Sharon Tate, esposa del director Roman Polanski.

Manson, quien con un cuchillo se grabó en la frente una esvástica, comentó el suicidio colectivo de los "ángeles de Internet" con sarcasmo. "Estos monjes que se mataron en San Diego -dijo- me parecen un poco atrasados en el tiempo. En lo que a mí se refiere, en cambio, tengo mi propio sitio en Internet para difundir mi mensaje. Pero no creo que deba suicidarme por ello".


Hoy en Internet se utilizan las mismas técnicas usadas por el "correo basura" o por los vendedores "puerta a puerta", es decir, un acoso de mensajes que, en vez de ser verbales, son digitales por lo que llegan a más gente en menos tiempo volviéndose mucho más peligrosos.

El suicidio de la secta de la "Puerta del Cielo" era una tragedia anunciada, de la cual surgen cada vez más detalles, así como de la vida del líder, Marshall Applewhite.
Applewhite incitaba a sus seguidores desde hacía 20 años a dejar la tierra para buscar una forma de vida superior en el espacio.

Sobre el delirante "culto de los OVNI" se escribieron libros y tesis de graduación. La secta misma ilustró sus preparativos de muerte en un volumen de más de 400 páginas, accesible desde hacía un año mediante Internet, aunque nadie movió un dedo para impedirlo.
El cuerpo de Applewhite fue reconocido entre los 39 muertos de la lujosa residencia de Rancho Santa Fe, que la secta había trasformado en una suerte de convento, hasta la tragedia del miércoles.

Las 21 mujeres y 18 hombres de la secta se quitaron la vida en el lapso de tres días, dejando su mensaje póstumo en un vídeo.
"Este, aseguró un hombre, es el día más bello de mi vida, que esperé por tanto tiempo".
Applewhite, que se hacía llamar "Do", grabó una última orden para sus fieles antes de llevarlos hacia el largo viaje.

"Puedo ser vuestro pastor y ustedes pueden seguirme, pero no pueden permanecer aquí y seguirme al mismo tiempo. Deben seguirme ya, dejando este mundo antes de que concluya nuestra partida desde esta atmósfera, en preparación para su reciclaje".
Este mismo lenguaje se encuentra en el manifiesto de la secta en Internet.
En síntesis, los seguidores de "Do" creían que sus cuerpos eran contenedores provisorios. Con la muerte, el alma subiría a una nave espacial oculta en la cola del cometa Hale-Bopp.
"El cometa -se lee en el documento- es la señal que esperábamos, nos preparamos a dejar este mundo".

A los 65 años, Marshall Applewhite tenía en sus espaldas una larga carrera de profeta visionario. Creía haber recibido el primer mensaje desde el espacio en los años 70, cuando estuvo internado en un manicomio de Colorado, luego de un infarto.
Applewhite, antes de su afición a los OVNI, había sido un profesor de música, casado y con dos hijos.

"Do" se había graduado en la Universidad de Colorado, cantaba en un teatro y había dirigido al coro de una iglesia de Houston. Amante de la lírica, había alternado la docencia en St. Thomas University con 15 roles en la Houston Grand Opera.
Ya en el manicomio, la primera que le creyó fue la enfermera Bonnie Lu Nettles, apasionada de la astrología. Ambos se volvieron con el tiempo una pareja tan popular como Bonnie y Clyde. Se hicieron llamar Ti y Do.

Adquirieron fama en 1975, cuando fueron entrevistados en el Desierto del Colorado, donde se reunieron con cientos de seguidores para esperar la llegada de extraterrestres. Por aquella época no eran más que una encantadora pareja que disfrutaba de la naturaleza y de los atractivos turísticos norte americanos en busca de obtener contactos con humanoides provenientes de planetas lejanos.
Lástima que veinticinco años más tarde se hicieran famosos por encabezar la secta que más muertes produjo en su país.

Las puertas del Cielo
La policía encontró a los muertos extendidos de forma ordenada en sus literas, con los rostros y torsos cubiertos por un paño púrpura. Cada miembro llevaba un billete de cinco dólares y 75 centavos en sus bolsillos. Todos estaban vestidos de forma idéntica, con camisas de color negro, pantalones deportivos, zapatos deportivos marca Nike negros con calcetines blancos completamente nuevos y un brazalete en el que se leía “Las puertas del Cielo, equipo visitante”

Se cree que se suicidaron en tres grupos durante tres días sucesivos, quedando participantes que limpiaban los dormitorios, después de la muerte de cada grupo anterior. Sin embargo, hubo un sobreviviente, Río Di Angelo, al cual Applewhite le ordenó abandonar el grupo, para que mantuviese vivo el culto de Las Puertas del Cielo.

A día de hoy nadie sabe donde se encuentra este sujeto que es perseguido por la policía por poder estar reclutando a nuevos miembros. Si bien, nada hace pensar que la secta Puertas del cielo siga funcionando, pues de hacerlo se reúnen con un secretismo de lo más sepulcral. En ninguna página web y ningún foro se menciona a este grupo como en funcionamiento. Tal vez Di Angelo este muerto o alejado de las sectas destructivas.









George Lamson, único superviviente del vuelo Galaxy Airlines

SOBREVIVIENTE: George Lamson

FECHA: 21/ENE/1985  VUELO: 203 de Galaxy Airlines  ORIGEN: Reno, Nevada 
DESTINO: Minneapolis, Minnesota  PERSONAS A BORDO: 71 pasajeros  MUERTOS: 64  TRIPULANTES MUERTOS: 6

Tras reducir la potencia de los motores, los pilotos perdieron el control del avión, que cayó sobre un lote de venta de remolques cerca del centro de Reno.

Cuando mi padre y yo localizamos nuestros asientos, me acomodé en el mío e intenté dormir. Poco después dos hombres vinieron y nos dijeron que esos asientos eran suyos. No era cierto, pero mi papá dijo “Está bien”, e intercambiamos lugares con ellos. Nuestros nuevos asientos estaban en la primera fila, justo detrás de una mampara. No entendimos a esos hombres porque nos dejaron en un mejor lugar, más espacioso para poder estirar las piernas(dentro de las limitaciones que entraña estar en un avión).

Luego del despegue, todo iba bien. Después se desató la turbulencia y el avión empezó a inclinarse hacia la derecha. No parecía nada grave, pero por la ventanilla vi que estábamos perdiendo altura rápidamente. Por el altavoz, el piloto anunció que la nave estaba cayendo.
 Debieron de haber pasado 10 segundos desde que escuchamos el aviso hasta  que nos estrelláramos contra el suelo. Rebotamos tres veces y a la tercera el avión cayó sobre un lote de venta de remolques y se hizo pedazos; iba a unos 225 kilómetros por hora. Yo salí despedido más de 12 metros hasta una calle cercana al centro de Reno. 

Las llamas brotaron por todas partes. Busqué entre los restos para ver si había alguien con vida. Un recuerdo que aún me persigue es el de encontrar al hombre que ocupó mi asiento. Estaba tumbado en el suelo, de frente al fuego y vi que tenía los ojos abiertos. Me acerqué a él para intentar ayudarlo, pero entonces me di cuenta de que estaba muerto. Si no hubiéramos intercambiado asientos, el cadáver que yacía allí habría sido el mío.

 Continué andando por la calle y me sorprendía que no hubiera más gente, gracias a eso no hubo heridos entre los vecinos de Reno. Muy pocos pasajeros habían salido disparados hacia mi zona, tan sólo cuatro o cinco pasajeros, todos ellos habían caído junto a su asiento.

Cuando pensé que no iba a encontrar a nadie con vida escuché los gritos de mi padre, fue un alivio escucharle, pero al ver su cara ensangrentada casi me desmayo, no me atrevía a voltearlo para quitarle el cinturón de seguridad por miedo que al desplazarle pudiera causarle una lesión mayor.

Me quedé paralizado un momento indeterminado, tal vez fueron dos minutos, recuerdo que dos señores de unos 35 o 40 años se acercaron a mí y me dijeron que me tranquilizara, que ya había pasado todo y enseguida llegaría una ambulancia.

 Yo estaba muy nervioso y no me atrevía a tocarme la cabeza pese a que tenía una hemorragia, los señores me miraban con preocupación y eso me ponía más nervioso, aunque en verdad querían trasmitirme serenidad lo cierto es que no lo lograban.
Por fortuna fueron unos pocos minutos, enseguida llegaron las ambulancias, me llevaron al hospital junto con otra persona que pensé que era mi padre pero que era otro sobreviviente que se había quemado casi todo el cuerpo y tenía la piel achicharrada.

 Le dije: “No puedo creer que por fin haya encontrado a alguien más, somos tres supervivientes. Aquí estamos, seguimos vivos y conversando”. Su respuesta fue lacónica y me heló la piel:

 “No hay nadie aquí”. No pensé que estuviera tan grave, pero en cuanto los socorristas empezaron a curarlo, lo oí dar gritos de dolor. Supe que murió unos días más tarde.
Yo preguntaba por mi padre, una vez en el aeropuerto me dijeron que se lo habían llevado en otra ambulancia y que se estaba recuperando, pero era mentira, estaba muy mal y terminó muriendo al día siguiente.
Para mí era muy difícil explicar a la gente lo terriblemente triste que fue todo lo ocurrido. Cuando hablé por primera vez con algunas personas después del accidente, dieron por sentado que yo era alguien especial.

Me decían: “Eres increíble; fuiste capaz de sobrevivir a eso”. A menos que uno haya pasado por una experiencia así, no puede entenderla verdaderamente. Luego de ver a tanta gente perder la vida, uno se pregunta: ¿Por qué estoy aquí? ¿Por qué todas esas personas murieron y yo no?

Cuando me dieron de alta volví a casa. Terminé la secundaria y entré a la universidad. Siempre había imaginado que obtendría un título y que tal vez me convirtiera en piloto y me uniera a las Fuerzas Aéreas.
Al llegar las vacaciones del primer semestre de la universidad me di cuenta de que las cosas nunca volverían a ser iguales, porque mi padre ya no estaba. Pasé las vacaciones lo mejor que pude y luego regresé a clases.

 Pero entonces ocurrió el desastre del transbordador Challenger y me sumí en la depresión pensé que estudiar tanto para que otra tragedia echara todo al traste no merecía la pena. Abandoné la universidad y después me mudé a Reno, a la ciudad donde casi pierdo la vida, pero lo cierto es que hay tenía familia y comencé a trabajar.
Sé que si mi padre hubiera sobrevivido hubiera hecho todo lo posible para que yo siguiera estudiando. Pero no me arrepiento de haber dejado la carrera. Hoy día trabajo como crupier en un casino, llevo una vida tranquila sin apuros económicos y soy feliz junto a mi mujer y mis hijos.

Al pensar en los planes que tenía, parece como si me hubiera quedado corto en la vida. Me imaginaba que los familiares de las personas que murieron en el accidente decían: “Vean a este tipo: recibió una segunda oportunidad en la vida. ¿Por qué sigue vivo? No está haciendo nada extraordinario con su vida.

Estoy seguro de que mi padre, mi madre o mis hermanos de haber sobrevivido sí habrían hecho algo excepcional”. Intenté reprimir la mayor parte de esos sentimientos, pero volvían una y otra vez y me provocaban depresión o me llenaban de ira. Hasta que me fui a vivir a Reno y paradójicamente en la ciudad del accidente encontré la calma.

Me ayudó mucho rodearme de mi familia y de buenos compañeros de trabajo. Son muchos las veces, principalmente los sábados y domingos que paso por las calles del centro de la ciudad, las mismas en las que caímos algunos de los pasajeros y me embarga un profundo sentimiento que ha dejado de ser triste para ser un recuerdo de la historia.
Es como si estuviera en el cementerio y en la acera donde cayó mi padre estuviera su lápida. Prefiero dejar un ramo de flores allí o recordarle en ese lugar antes que ir al cementerio.

En julio de 2010 viajé a Minnesota para conocer a los familiares de tres de los pasajeros del vuelo fatídico. Me sentía físicamente mal cuando me dirigí en auto a la casa de la primera familia. Sarah había perdido a sus padres y a sus abuelos en ese vuelo. Tenía seis años cuando ocurrió el accidente. Pensé en lo traumático que debía de haber sido para ella.

Cuando llegué a la casa, le di un abrazo a Sarah y hablamos un poco; luego fuimos a la cocina y allí me enseñó una foto de sus padres. En ese momento todo cambió. Por extraño que parezca, sentí la presencia de sus padres en la habitación; sentí que estaban junto a Sarah, sonriendo, y que me perdonaban por no haber hecho nada extraordinario con mi vida.

Sarah estaba feliz de verme y yo de verla a ella. Me mostró una foto suya de cuando tenía seis años y entonces la miré a ella, a sus treinta y tantos años y me puse a llorar. Sentí que era parte de su familia. Fue un sentimiento auténtico y maravilloso de alivio y amor. Me sentí realmente bien.


La Orden del Templo Solar


Para no cansarles con relatos de supervivientes aéreos voy hablar de un tema bien diferente, en concreto de una secta de la que se habló mucho en los años noventa pero que ya ha pasado al olvido, eclipsada por los Raelianos, los del Palmar y otras sectas por fortuna mucho menos destructivas.
La Orden del Templo Solar fue fundada en 1984 en Ginebra por Joseph Di Mambro y Luc Jouret.
Su nombre salta a la luz pública, de manera trágica, en un mes de octubre de 1994. El día 5 de ese mes, 53 de sus miembros son encontrados muertos, 48 en Suiza y 5 en Canadá.
Los cadáveres carbonizados presentan orificios de bala y huellas de inyecciones. Se habla de un suicidio colectivo, pero algunos de sus miembros pudieron ser asesinados. Al igual que lo que ocurrió en el Congo, los que se oponían al suicido pudieron ser baleados.
Entre 1994 y 1997, esta secta organizó el 'Tránsito hacia Sirius', o lo que, es lo mismo, el suicidio colectivo de 74 personas en Suiza, Francia y Canadá.
Los dos gurús de la secta, Di Mambro y Jouret parece ser que fueron encontrados muertos en el último  de los suicidios colectivos. No se pudo comprobar porque los restos de dos víctimas estaban totalmente calcinados, pero al perderse su pista desde entonces se cree que eran ellos los dos cadáveres sin identificar.
Solo el ideólogo de la Orden, el compositor y director de orquesta Michel Tabachnik, se sentó años más tarde en el banquillo de los acusados, por participar en 'asociación de malhechores. El sostuvo que todos se suicidaron de mutuo acuerdo, que no hubo tensiones ni peleas en los momentos previos al macabro acto. Todo esto lo sabría por lo que le contaron Di Mambro y Jouret que según él siguen vivos. “Yo no participé en ninguna de las ceremonias, estoy desligado de la secta desde hace varios años” se defendía así en el juicio.
Sin embargo la policía cree que Tabachnik estuvo en la mansión de Suiza donde murieron 74 personas, los investigadores creen que no se suicidó porque al ser el líder de la secta debía continuar en el planeta Tierra para reclutar a más adeptos que quisieran realizar el placentero y redentor viaje (según los fanáticos) hacia Sirius.
En 1984 Joseph Di Mambro y Luc Jouret fundaron una secta que pretendía establecer la hegemonía del espíritu sobre lo material, así como unificar tanto el Cristianismo (con todas sus variantes) como el Islam dentro de una misma religión. De haberlo conseguido, sería la religión con mayor número de adeptos en la historia (aproximadamente las tres quintas partes de la humanidad).
Joseph Di Mambro, fundador de la secta y en paradero desconocido desde hace más de diez años
Así mismo, también pretendían instaurar unas “nociones correctas sobre el poder y la autoridad”, basada en preparar a la humanidad para el regreso de Jesucristo como una especie de Dios-Sol. Para conseguirlo, erigieron numerosas logias en diversos países, tales como Australia, Suiza o Martinica, así como dos sedes centrales en la ciudad de Quebec.
Primordialmente buscaban atraer a gente de alto poder adquisitivo, lo que les brindaría el apoyo económico para expandirse. Se cree que numerosos multimillonarios europeos eran miembros de esta secta, si bien no ha sido probado.

Estructuralmente, la organización estaba dirigida por 33 personas, llamados los “Miembros Mayores” y ejercían su poder desde la ciudad suiza de Zúrich. Para iniciarse dentro de la organización había que pagar una altísima cuota y luego tenían que pasar una especie de rito similar al de la investidura de caballeros medieval, velando una espada que Luc decía que era una reliquia del Templo del Santo Grial que le había sido entregada en otra vida, mil años atrás.
Ya en esta época los delirios de grandeza de sus fundadores se mostraban por los cuatro costados. Sin embargo se sentían frustrados pues eran conscientes de que nunca lograrían ser una iglesia de masas y mucho menos unificar el cristianismo con el Islam.
Pese a sus frustraciones y limitaciones consiguieron más adeptos, algunos de ellos eran instruidos en la compra de joyas y mansiones para la Orden.

En el año 1994, Joseph Di Mambro ordenó que se matase al hijo del adepto Tony Dutoit, un bebé de tres meses llamado Enmanuel. Ordenó su asesinato por identificarlo con el Anticristo, ya que tras su llegada al mundo había creado numerosos problemas en la pareja hasta el punto que se habían separado y Tony Dutoit había perdido su trabajo.
Di Mambro entendió que todos los males que acechaban a su pupilo se debían al nacimiento de su hijo, que era nada más y nada menos que la encarnación del demonio que llegaba a la Tierra con el firme propósito de acabar con los hombres originando guerras y el caos más absoluto que conduciría a una destrucción total. Así que la pobre criatura fue apuñalada en numerosas ocasiones con una estaca de madera por su propio padre ayudado por Di Mambro.
 En esa época el grado de insensatez y de locura había alcanzado cotas demasiado altas en la congregación y su desenlace estaba a la vuelta de la esquina.
Pocos días después de matar a la pequeña criatura en un sacrificio dantesco, Joseph y otros doce de los miembros de más alto rango llevaron a cabo una especie de “Últina Cena”. Mientras esto se llevaba a cabo, 62 miembros selectos de la secta fueron llevados a un chalet situado en Suiza, introducidos en una capilla subterránea y vestidos con túnicas. Escogieron a los más lunáticos y a los más fáciles de embaucar para que todo saliera correctamente y nadie pudiera echar al traste los planes previamente concebidos por Di Mambro.
 Una vez reunidos en aquel sótano de reducidas dimensiones comenzaron a rezar y a celebrar una eucaristía, sabedores que el final estaba muy cerquita. Cuando la ceremonia terminó todos se abrazaron y tras despedirse del mundo terrenal prendieron fuego al sótano(según palabras de los investigadores).  La casa empezó a arder y cuando llegó la policía descubrió los cuerpos colocados en círculos, con bolsas en la cabeza.
Sin embargo, no todo cuadraba, pues habían muerto por un disparo en la cabeza, todos presentaban heridas de bala en el cráneo pero algunas de las víctimas parecían haber sido ejecutadas por la trayectoria de la bala. Parecía como si una o varias personas hubiera matado a los indecisos y posteriormente hubieran prendido fuego a la casa para salir huyendo.
Se pensó que estos asesinos que huyeron fueron Tabachnik, Luc y Di Mambro, pero el primero negó haber estado en aquella casa y presentó una coartada que se admitió en el juicio en el que salió absuelto, y del segundo y del tercero nunca se confirmó nada, continúan en paradero desconocido veinte años después.
Las autopsias revelaron además que todos se encontraban severamente drogados, supuestamente para evitar que nadie se echase atrás antes del ritual. A la izquierda de todos había una especie de carta de despedida, en la que decían que se iban a otro plano de existencia para escapar de la “hipocresía y opresión reinantes en este mundo”.

Entre las víctimas había incluso un alcalde, varios periodistas famosos, funcionarios y algún millonario. De entre la documentación incautada, se descubrió que varias de estas víctimas habían hecho un depósito de un millón de dólares en una cuenta a nombre de Joseph Di Mambro.
Cuenta que no se ha tocado, como si Di Mambro hubiera muerto, pero lo cierto es que no se encontraba entre los fallecidos en el sótano. Su figura es un misterio, algunos sostienen que vive en el extranjero con otra identidad, pero lo más probable es que se inmolase en Quebec y que su cadáver quedase irreconocible, tal y como sostuvo la policía canadiense.
Sea como fuere, mientras no se confirme nada continuará alargándose la leyenda de que sigue reclutando gente para viajar al Planeta Sirius y realizando suicidios colectivos con personas incautas.
En el año 1990 se frustró otro intento de suicidio colectivo en el que iban a participar casi cien personas. Tuvieron que pasar cuatro largos años para que la secta pudiera realizar con éxito su viaje a ninguna parte.

El 23 de Marzo de 1997, cinco de los cargos más altos de la organización se suicidaron en una mansión de Saint-Casimir, en Quebec. La policía encontró los cinco cuerpos totalmente calcinados, así como a tres jóvenes de 13, 14 y 16 años encerrados en un cobertizo de la propiedad. Se trataba de los hijos de uno de los matrimonios que habían muerto en la explosión. Estaban vivos y sanos, pero fuertemente drogados.
Contaron a la policía que sus padres les habían hecho participar en la ceremonia de despedida previa al viaje al planeta Sirius, pero que por motivos que desconocían finalmente decidieron apartarles del viaje y les encerraron en el cobertizo. Los jóvenes no pudieron precisar si los acompañantes de sus padres eran Luc y Di Mambro, puesto que no les vieron la cara, iban tapados con túnicas blancas en todo momento.

En el año 99 se detuvo a Michael Tabachnik, un músico y director de orquesta suizo a quien se acusó de estar al frente de la organización. Había logrado escapar de la policía estando en paradero desconocido por casi cinco años, siendo una de las personas más buscadas por la policía de Francia y por las autoridades suizas.
 Fue llevado a juicio en 2001 y resultó absuelto por falta de pruebas. La fiscalía recurrió y consiguió un segundo juicio, en el que nuevamente resultó absuelto el 20 de Diciembre de 2006.

De Joseph Di Mambro y Luc Jouret no se sabe absolutamente nada, desaparecieron sin dejar ninguna clase de rastro. Se rumorea que tras participar en la última cena de la mansión de Suiza participaron en los suicidios colectivos que la secta realizó en Francia y en Quebec. Actualmente continuarían reclutando gente para continuar con su peculiar viaje a otro planeta mientras viven a cuerpo de rey con las donaciones que los adeptos les entregan.
Parece poco probable que estén vivos, menos probable que esta secta esté aún funcionando y mucho más improbable que pudieran realizar otra macabra ceremonia de despedida, pero lo cierto es que en este mundo pasan cosas muy raras y hay mucho lunático suelto.


El caso de Annette y Jim.





Voy a tratar el caso de dos supervivientes de avión que se hicieron conocidos no sólo por ser los únicos supervivientes de sus respectivos vuelos sino por las circunstancias en las que se produjo su rescate. Las vidas de estas personas no volverán a ser iguales que antes, pero lo cierto es que se convirtieron en mitos para quienes creen que la supervivencia radica en la fortaleza físico-mental.






El caso de Annette Herfkens


Habían transcurrido 49 de los 55 minutos que duraba el vuelo cuando el avión se sacudió con violencia. “No te preocupes. Es solo una bolsa de aire”, le dije a mi novio, Pasje. Luego, la nave dio otro bandazo tremendo y la gente a bordo empezó a gritar. Sujeté la mano de Pasje. Es lo último que recuerdo.

Más tarde supe que el avión se había estrellado contra la cresta de una montaña a 480 kilómetros por hora. Más tarde se supo que el accidente se debió al mal tiempo y a que el piloto volaba a muy baja altura.

Tras la colisión con la cima de la montaña un ala se desprendió y el resto de la nave impactó en la ladera de la montaña contigua. Cuando desperté seguía dentro del avión, con un cadáver encima. Desprenderme de ese cuerpo inerte fue complicado pues pesaba mucho.

Tengo la imagen de su cara grabada a fuego en mi mente. Una mirada penetrante con los ojos bien abiertos, parecía imposible que estuviera muerto, pero si lo estaba, no respiraba y no se movió lo más mínimo, no le tomé el pulso porque no hacía falta.
Los asientos se habían desplazado hacia el fondo del avión, lo primero que hice cuando me zafé de mi asiento fue gritar el nombre de mi novio. No le encontraba y temía que estuviera enterrado bajo la montaña de asientos, hierros y equipajes.

Volví a gritar y nadie me contestaba, sólo escuchaba unos pocos gritos lastimeros de personas que parecían estar agonizando a punto de morir. Caminé hasta el fondo del avión y allí encontré el asiento de Pasje que se había deslizado hacia atrás bastantes metros y él continuaba allí con la cabeza pegada a su pecho.
Se la levanté y al mirarle comencé a llorar de pánico y de lástima, Pasje estaba muerto, con una leve sonrisa en los labios como queriéndome decir que no había sufrido, que todo había sido muy rápido y no había sentido dolor.

Pasé unos minutos de zozobra en los que lloré tapándome la cara con las dos manos, tenía miedo de seguir mirando a personas muertas a mi alrededor. Hasta que de repente me percaté que una persona me pedía ayuda. Era una mujer de unos 30 años que tenía un bebé en sus brazos.

Estiró al bebé en señal de que lo cogiera y lo sacara del avión. La señora tenía rasgos asiáticos y no hablaba inglés. Traté de sacarla de entre los escombros pero no pude, había varios paneles y asientos sobre sus piernas.

De cintura para abajo su cuerpo había quedado completamente atorado por una amalgama de escombros de lo más variopinto. Al minuto de tratar de sacarla aborté la misión al ver que mis heridas se podían agravar, me dolía mucho mi pierna izquierda.

Volví a mirar a la mujer y fue entonces cuando me percaté de que estaba muerta. Para aquel entonces no escuchaba más que un solo ruido, el del bebé que no paraba de llorar.
A pesar de que no había fuego ni humo apenas se podía respirar allí adentro, había mucho polvo en el fuselaje, miré al fondo y pude ver la selva por un boquete donde antes estaba la cabina de mando.

Era mi oportunidad de escapar, debía de hacerlo antes que mis piernas me dijeran basta. El recorrido hasta la salida era largo y estaba lleno de obstáculos, me encontraba en la parte trasera del avión y sólo se había desprendido la parte delantera, por lo que la única forma de salir era recorriendo todo el largo pasillo.

Con la mano izquierda me aferraba a todo lo que hubiera quedado en alto, y con la derecha sujetaba al bebé. Como me dolía la pierna izquierda iba a la pata coja, por fortuna el bebé no pesaba mucho, era muy pequeño.
Había partes del pasillo por donde era imposible pasar de pie, me vi obligada a soltar al bebé y pasar a cuatro patas sorteando los escombros. Estuve a punto de darme por vencida y quedarme allí, me faltaban fuerzas. Luego pensé en salir yo sola porque desplazar al bebé se me complicaba muchísimo, sobre todo en los tramos en los que tenía que arrastrarme.

Tenía heridas profundas en todo el cuerpo. De una pierna me asomaban 10 centímetros de hueso. Cuando me levanté de nuevo sentí un intenso dolor en las caderas. Pero por fortuna el último tramo estaba algo más despejado, era la zona de first class donde los espacios son menos reducidos.

Cuando llegué a la parte delantera comprobé que había bastante altura para saltar con el bebé. Era más de metro y medio de desnivel. Miré la pequeña explanada sobre la que aterrizó el avión y vi que había varias personas que habían salido expulsadas. Una persona estaba viva, tomaba de la mano a otra persona que no se movía.

Para bajar del fuselaje tuve que dejar al bebé en el borde antes de sentarme y dejarme caer. Traté de caer de pie haciendo fuerza con pierna derecha pero me caí al suelo, por fortuna no me hice mucho daño, fue una caída más aparatosa qué dolorosa.
Cuando logré levantarme cogí al bebé y eché un último vistazo al interior del fuselaje, no sé cómo me las arreglé para salir del avión. Había cadáveres por todas partes y personas que gemían incapaces de decir palabra alguna.

Fue una odisea que me llevó mucho tiempo. Deseaba encontrarme con gente viva en aquella explanada pero desgraciadamente sólo encontré a dos personas vivas. Un vietnamita muy amable que se llamaba Ali, me aseguró que pronto llegaría la ayuda. “Soy un hombre muy importante”, dijo. “Vendrán a buscarme”.

Yo le contesté en inglés que ojala fuera así y me senté junto a él y junto a un hombre que yacía tumbado y que parecía estar a punto de morir, no hablaba y apenas habría los ojos. Era un compañero de trabajo de Ali, se dirigían a su ciudad tras un viaje en el extranjero por motivos laborales.

 Apenas pude hablar con él, me preguntó si iba sola y si el bebé era mío aunque era obvio que no lo era. Estaba pendiente de su compañero que murió aproximadamente media hora más tarde. Cuando el deceso tuvo lugar Ali comenzó a llorar. Le dije que no llorase, que guardase fuerzas pues nos iban a rescatar. Mis palabras le calmaron un poco pero ya no dijo casi nada.

Durante las horas siguientes, su respiración se fue debilitando. Vi cómo se le iba la vida poco a poco, cada diez o quince minutos se le iba viendo más pálido. Yo no entendía nada, no presentaba grandes heridas pero se llevaba las manos a la altura de su riñón y deduje que tenía una hemorragia interna o que los golpes sufridos le habían afectado a un órgano vital.

Su semblante cada vez era más mustio y sus lamentos más apagados. De repente se volteó y me dijo que cuidara al bebé mientras palpaba su cabecita con su mano derecha. Luego regresó su mano a su costado, cerró los ojos y dejó de respirar  muriendo al instante. No se oía ningún sonido y nada se movía. Nunca me había sentido tan sola.
Quería levantarme y caminar por los alrededores por si había alguna persona más viva, pero no tenía fuerzas. Pensé en la madre del bebé y en las otras personas cuyos gemidos me estremecieron durante el tiempo que me llevó salir del fuselaje.

Mi pierna izquierda cada vez estaba peor, tras el golpe me dolía un poco, pero después de hacer tantos esfuerzos para salir del avión se había complicado mucho más. Ahora que se había quedado fría sentía mucho más dolor, mientras estaba caliente y en movimiento sentía menos los pinchazos. En ese momento era consciente de que no me iba a poder levantar. Tan sólo podía arrastrarme.

Permanecí ocho días en el suelo de la selva, esperando. Tenía las manos cubiertas de sanguijuelas; los pies, horrendamente hinchados y los dedos gordos ennegrecidos. No tenía nada para beber, pero cuando llovía lograba exprimir un poco de agua de mi camiseta mojada y llevármela a la boca.

Me tumbaba y abría la boca al máximo para tratar de tragar el máximo número de gotas posible. Luego me chupaba los antebrazos para sentir el frescor en mi boca. Hacía mucho calor por el día y la humedad era muy alta. Por las noches refrescaba y se estaba mucho mejor. El bebé continuaba vivo pero lloraba con mucha menos fuerza, le colocaba en diferentes posiciones, boca arriba, boca abajo de costado pero no podía calmarle y no podía alimentarle.

Al cuarto día el bebé murió, cuando me desperté sentí que no respiraba, le toqué su cuello y sus muñecas y no tenía ritmo cardíaco. Me sentí más sola aún y no supe que hacer. Estuve un par de horas abrazada a él pidiéndole a Dios que volviera hacerle llorar para no sentirme tan mal. Pero no hubo forma.

 Los cuerpos sin vida de los hombres que estaban junto a mí empezaron a descomponerse, así que me arrastré hasta otro lugar apoyándome con los codos. Así fue como me alejé del bebé y de los dos hombres.

 El impacto del avión había abierto un claro en la espesura derribando infinidad de árboles y podía ver una montaña a lo lejos. Sentí que me fundía con la belleza del paisaje y eso me ayudaba a evadirme del dolor que provocaba en mí la mortandad que me rodeaba.
Los últimos días fueron los peores, tenía un hambre atroz y miraba de reojo el fuselaje a sabiendas que había comida ahí dentro que me podía salvar la vida. Pero tenía la pierna hecha polvo y era imposible subir de nuevo al avión.

En la explanada no había caído nada de comida, sólo asientos, troncos de árboles reventados y cadáveres desperdigados por la hierba. No tenía nada más a mi alcance. No entendía porque tardaban tanto en encontrar el avión siniestrado. Pensaba que la selva vietnamita era pequeña y que era una tarea relativamente sencilla encontrar un avión, pero recordé que era un país pobre y que si no había ayuda internacional tal vez dejarían de buscarme.

Iba colocando una ramita tras otra conforme pasaban los días, a partir del sexto día me embargó un profundo sentimiento de tristeza, pensé que ya no me iban a buscar y que iba a morir en unas pocas horas. Del resto del tiempo no me acuerdo de nada. Creo que me lo pasé inconsciente. Cuando me encontraron sólo recuerdo que había seis ramitas junto a mí, pero luego me enteré de que fueron nueve días en la selva.

Finalmente, unos hombres vietnamitas llegaron y me bajaron de la montaña en una manta atada como hamaca a un palo. El viaje fue tan largo que tuvimos que pasar la noche en la selva. Al otro día llegamos a un pueblo desde donde me llevaron en auto a un hospital de Ciudad Ho Chi Minh.

 Un día después me trasladaron en avión a un hospital de Singapur. Al cabo de dos semanas me encontraba en Holanda, mi país. Allí los médicos me cubrieron la herida de la pierna con injertos de piel del muslo y revisaron los cuatro clavos que me habían puesto en la mandíbula fracturada. El dolor era incesante.

Dos meses y medio después del accidente regresé a mi trabajo como operadora internacional de bonos en una entidad bancaria de Madrid. Al verme sola en mi departamento, me hice plenamente consciente de la ausencia de mi novio. Pasje —mi guía, mi otro yo— se había ido. Día tras día me invadían amargos pensamientos. Estaba enojada con la muerte, con la vida, con todos mis sueños incumplidos.

Tras el accidente, empleé todas mis energías en parecer la misma Annette de siempre, en comportarme como mis colegas. Quizá lo hice para consolar a otros, o para consolarme a mí misma. Traté de escribir un libro sobre el accidente que sufrí pero no me sentía inspirada para recordar la tragedia ni siquiera cuando los periodistas me hacían preguntas acerca de cómo sobreviví tantos días sin agua ni comida.

Me guardé los recuerdos y puse todo mi empeño en seguir adelante y hacer que el mundo olvidara que yo era una sobreviviente.

En 2006 volví a Vietnam. Fui al pueblo adonde me llevaron tras el rescate y me reuní con algunos de los hombres que me bajaron de la montaña hacía tantos años. Al día siguiente de llegar nos levantamos antes del amanecer y emprendimos una caminata en grupo. Después de vadear seis ríos, empezamos a escalar. Tardamos más de cinco horas en llegar al sitio del accidente.

Me senté entre los árboles y miré la ladera de la montaña. Me pareció más ominosa de lo que recordaba y no tan verde ni tan bonita. En donde quedó el fuselaje no había crecido la hierba, parecía que habían terminado de retirar los restos hacia poco tiempo.

 Me senté por un rato en el lugar exacto donde permanecí tirada durante casi 9 días. Sentí unos profundos escalofríos al recordar las largas horas sin saber si iba a salir de allí, recordé las conversaciones con Ali y los arrumacos y besos que le di al bebé antes de que muriera, enseguida me inundé de lágrimas al recordar que no pude hacer nada por salvarle.

Miré hacia atrás e intenté imaginarme el fuselaje, con Pasje dentro. Allí fue donde terminó su vida. No sentí su presencia, ni la de la madre del bebé ni tan poco la del señor que murió sobre mí, al menos no más delo que venía sintiendo mientras caminaba por la selva.
Seguí avanzando montaña arriba y me detuve junto a una roca. Busqué en mi mochila un delfín y una foca blanca de madera en miniatura que había comprado, los puse encima de la roca y dije: “Adiós, Pasje”. Eran sus animales preferidos así que los dejé allí a modo de pequeño recuerdo.

De esa manera conseguí lograr un capítulo de mi vida que me carcomía por dentro, me pude despedir de mi novio, del vietnamita con el que hablé hasta que falleció, de las azafatas que con tanta gentileza nos atendieron y de los demás pasajeros que aunque sólo compartí con ellos unas horas de vuelo siento que fue mucho más que eso. Compartí con ellos un viaje que jamás debimos realizar.

Annette Herfkens volvió a Madrid con la sensación de haberse quitado un peso de encima con ese viaje redentor que vino a purgar sus penas. Luego marchó por motivos laborales a Estados Unidos, vive actualmente en la ciudad de Nueva York con su esposo, Jaime Lupa, y sus dos hijos, Maxi y Joosje.


SOBREVIVIENTE: Jim Polehinke, copiloto
FECHA: 27/AGO/2006  VUELO: 5191 de Comair  ORIGEN: Lexington, Kentucky DESTINO: Atlanta, Georgia  PERSONAS A BORDO: 50  PASAJEROS MUERTOS: 47  TRIPULANTES MUERTOS: 2

Los pilotos tomaron la pista incorrecta. El avión no alcanzó a despegar, derribó una valla de metal, chocó contra algunos árboles y se hizo pedazos.
 Mientras el piloto a cargo hacía rodar el avión desde la terminal hasta la pista de despegue, yo revisaba el protocolo de instrucciones que debemos seguir antes de emprender un vuelo, así que no miré por la ventanilla para comprobar el número de pista, como dictaba la regla.

Y aunque lo hubiera hecho, tal vez no me habría dado cuenta de que las balizas de la pista de rodaje no coincidían con las de la pista de despegue que nos habían asignado, porque muchas de las luces del aeropuerto no funcionaban.
Cuando nos dieron luz verde para despegar, el capitán dijo: “Listo, vámonos”. Avanzó rodando hasta la pista de despegue, dio vuelta y enderezó el avión para alinearlo con la pista. Luego señaló: “Bien, revisa frenos y mandos”. Yo hice las verificaciones,  y entonces empezamos a avanzar a toda velocidad por la pista.

De lo que ocurrió después no recuerdo nada. En la grabación de la cabina de mando se me oye decir: “Qué raro, no hay luces”.  Al no ver las luces el comandante no aceleró lo suficiente, dudó entre frenar o tratar de elevar el avión. Finalmente optó por frenar pero era demasiado tarde y nos quedamos sin pista.

Segundos después, rebasamos el final de la pista y chocamos contra un terraplén. Tras rebotar y recorrer una distancia corta, el avión derribó la valla del aeropuerto, golpeó algunos árboles y se partió en mil pedazos.

Cuando llegaron los equipos de rescate me oyeron toser y me sacaron de entre los restos. En vez de esperar una ambulancia, me subieron a un jeep y me llevaron al hospital. Pese a estar inconsciente tosí, eso me salvó la vida, porque si no llego a toser se piensan que estoy muerto y se hubieran ido a tratar de socorrer a otros pasajeros.

Pasé cuatro días en coma inducido. Mi cuerpo estaba destrozado: tenía rotos el fémur y la tibia izquierda y también la pelvis, varias costillas y algunos dedos; me asomaba el hueso del talón derecho; presentaba colapso del pulmón derecho y había sufrido lesiones cerebrales graves.
Cuando los médicos me sacaron del coma, esperaron a que se me aclararan las ideas. Mi esposa estaba a mi lado. Pensé: Estoy en un hospital, hecho un desastre. ¿Qué me pasó? Fue entonces cuando mi esposa me explicó que había tenido un accidente en el avión. Lo primero que se me ocurrió fue preguntar: “¿Están bien todos los demás?” “No”, repuso ella. “Eres el único sobreviviente”. Al oír esto, me puse a llorar.

A lo largo de la primera semana los médicos me desinfectaron la pierna izquierda varias veces al día en un intento por salvarla, pero al final tuvieron que amputarla. Una vez que pasé por ese trance, el resto de mi cuerpo se recuperó rápidamente.
Los dos primeros años después del accidente fueron un tormento psicológico y emocional para mí. Me enfurecía que nos hubieran echado toda la culpa al capitán y a mí y me sentía triste por los familiares de las personas fallecidas. La culpa fue también de la mala señalización y de los controladores que no nos avisaron de que nos metimos en otra pista. Si nos hubieran avisado no hubiéramos iniciado las maniobras de despegue en el sitio equivocado.

 A veces me decía a mí mismo: ¡Estoy vivo! Y un segundo después pensaba en las 49 familias que habían perdido a sus seres queridos. Y me preguntaba: ¿Debería sentirme feliz de seguir con vida cuando todas esas personas están muertas?
Estoy agradecido de que mi esposa, Ida, sea tan fuerte. Fue mi sustento. Me apoyó y me cuidó. Me siento agradecido de tenerla junto a mí. Lo más sencillo para ella hubiera sido abandonarme e irse con un hombre que tuviera dos piernas y que no tuviera un sentimiento de culpa y de tristeza tan grande.

Mi consejo para quienes estén viviendo una situación como la mía es que miren hacia adelante, que vean la luz al final del túnel. No es posible cambiar el pasado, así que hay que mirar hacia adelante. Hay que superar los problemas y pensar que el día de mañana va a ser mejor.

Estoy paralizado de la rodilla derecha para abajo. Si alguien me sacara de la silla de ruedas y me dijera “Párate en un solo pie”, me caería. Sin embargo, me encanta esquiar. Cuando estoy en lo alto de una montaña, no pienso en el accidente. Contemplo el mundo y digo: “Quizá no tengo motivos para quejarme. Gracias, Dios mío, por permitirme seguir con vida y poder hacer esto. Siempre fui una persona activa, pero cuando me recuperé del accidente me interesé por actividades como el esquí que antes apenas practicaba”.

Después del accidente, Jim Polehinke  y su esposa se mudaron de Florida al suroeste de Colorado, donde él ahora es presidente de Colorado Discover Ability, una organización que promueve actividades al aire libre para personas con discapacidad.