viernes, 29 de enero de 2016

Accidente aéreo en Barcelona que dejó 112 fallecidos.


Muchos años han pasado desde que se produjera el primer y único accidente aéreo con víctimas mortales acaecido en Cataluña, concretamente en las cercanías de Barcelona y como no podía ser de otra manera en los años setenta.

El accidente en el Montseny no fue el primer accidente de la compañía Dan-Air en España. Una década antes hubo un accidente con un D.H. 106 Comet que dejó 112 fallecidos. Pero sí que es el accidente más grave de la historia que ha sufrido una compañía aérea de bandera británica, teniendo en cuenta el número de víctimas mortales.
Al haber pasado tantos años, esto ocurrió en 1975, y al no haber víctimas españolas apenas encontramos testimonios y noticias de periodistas nacionales que den cobertura a este suceso. Tal vez si hubiera buscando en google escribiendo en inglés me hubieran aparecido multitud de noticias sobre este siniestro.
Pero como lo hice en español para evitarme la traducción fue escasa la información que encontré. Aunque como dicen, lo bueno si breve dos veces bueno, tal vez sea aplicable a las noticias de sucesos.
El informe oficial, elaborado por las autoridades españolas, establece lo siguiente:
"El capitán, sin tener en cuenta la altitud a la que estaba volando, llevó el avión a un área de terreno elevado, en concreto por el Montseny, la montaña de la Cordillera Costero Catalana de más altura, lo que sumado a que  iba a baja altura al pensar que estaba más cerca del aeropuerto de lo que realmente estaba le llevó a no mantener la distancia de seguridad adecuada respecto al suelo, como era su obligación".
Además, señala como factores contribuyentes:
·         Llevar a cabo una maniobra sin tenerla claramente definida.
·         Navegación imprecisa por parte del capitán.
·         Falta de trabajo en equipo entre el capitán y el copiloto.
·         El corto espacio de tiempo entre la información dada por el controlador para efectuar la espera y el punto donde debía iniciarla.
·         El hecho de que la espera indicada no estuviera publicada en ninguna carta.
Por su parte, las autoridades británicas, que estaban de acuerdo en general con el informe, añadieron las siguientes observaciones:
·         La información referida a la espera, que fue transmitida por el controlador, era ambigua y contribuyó directamente a la desorientación de la tripulación.
·         No se indicó una altura mínima para la espera.
·         La orientación de la espera era irrealista, puesto que no concordaba con el rumbo de la pista de aterrizaje.
El avión pasó  más de una milla al Este de lo que era habitual en el vuelo Londres-Barcelona, y lo notició con 33 segundos de retraso, dando al controlador una percepción equivocada de su ubicación.
A partir de ahí, el avión nunca pareció tomar rumbo hacia FP (de hecho, el comandante pareció pensar que debía tomarlo en rumbo 150 en alejamiento, como se aprecia en las grabaciones de cabina).
El controlador dio instrucciones al piloto para que procediera a  esperar antes de iniciar las maniobras de aterrizaje. Esa espera no estaba publicada y su rumbo no tenía relación con el de la pista de aterrizaje, lo que provocó dudas en la tripulación, durante una fase tan crítica como es la de aproximación.
Quedó demostrado en el juicio que el controlador le dio un mensaje durante la fase de espera espera que  decía turns to the left (virajes a la izquierda), pero en las grabaciones se aprecia como el piloto entendió que debía girar a la izquierda cuando no se trataba de una orden si no de una maniobra que debía realizar sólo en caso de que estuviera a la altura correcta.
 Esto fue interpretado por las autoridades británicas como un posible elemento de ambigüedad que pudo forzar al comandante a girar a la izquierda al llegar a FP para tomarlo en rumbo 150.
El avión nunca llegó a FP, sino que lo sobrepasó varias millas al Sur. Poco después efectuó un viraje a la izquierda, probablemente debido a la confusión proveniente del mensaje del controlador.
Sin embargo, ese viraje fue interrumpido por un aviso de proximidad al terreno, que fue corregido con un viraje hacia la derecha. Tras esta maniobra cesaron los avisos porque el avión entró en un valle, pero cuatro segundos después impactaría contra la montaña a poco menos de dos mil metros de altitud.
Es el peor accidente aéreo en Cataluña de todos los tiempos, de hecho es el único vuelo comercial que se estrelló en esta comunidad produciéndose víctimas mortales.
La colisión se produjo a tal velocidad que cuando llegaron los equipos de rescate ya no había ningún pasajero vivo. Tal vez por no ir ningún pasajero famoso, tal vez por ser en su mayoría ciudadanos británicos, lo cierto es que es uno de los accidentes aéreos acaecidos en España de los que menos se ha escrito.
El hecho de que ocurriera en época franquista ayudó a silenciarlo, pues podía afectar al incipiente turismo de las costas catalanas y se optó por ocultar el caso hasta el máximo posible. Algo similar a lo que se hizo con el accidente ferroviario del Bierzo pero varias décadas más tarde.
Otros Dan Air siniestrados:

Accidente en el Monte Longa:
El avión salió del aeropuerto internacional de Palermo en PalermoItalia, con ciento quince personas a bordo. El 5 de mayo de 1972, se estrelló en el Monte Longa, a unos cinco kilómetros al suroeste de Palermo mientras efectuaba la aproximación.
 Los investigadores creían que la visibilidad en ese momento era de 3 millas (4,828032 km) y que la tripulación no se ajustó a los vectores dados por el control de tráfico aéreo. Continúa siendo el peor accidente fatal de un solo avión en Italia y el segundo peor accidente aéreo de Italia sólo superado por el Desastre del aeropuerto de Linate que ocurrió el 8 de octubre de 2001 ocasionando 118 víctimas mortales tras la colisión de dos aviones.
El 5 de mayo de 1972, el avión inició el vuelo AZ 112 desde Roma Fiumicino a Palermo Punta Raisi, despegando treinta y seis minutos más tarde. El capitán Roberto Bartoli se encargaba de las comunicaciones, mientras el primer oficial Bruno Dini manejaba el avión. Los tiempos y ubicaciones fueron recopilados con precisión por la grabadora del control de Roma, que contaba con una grabadora temporal, mientras que la aproximación de Palermo no.
En torno a las 10:23-24 PM, el avión (procedente de Ponente-lato Terrasini) impactó contra una cresta de 935 metros (1.980 pies de altura), por debajo de la cima de la montaña, y deslizó durante largo rato sus alas sobre la tierra, su fuselaje, y sus cuatro motores, hasta que resultó desintegrado por los repetidos golpes contra las rocas.
Parte de los restos y cuerpos de las víctimas rodaron ladera abajo (ladera Carini) y el fuego del motor alertó de la presencia del accidente. Los restos quedaron esparcidos en un radio de 25 millas. El fuego fue tan salvaje que los equipos de rescate tardaron tres horas en aplacar las llamas. Más tarde, algunos testigos en Carini dijeron haber visto el avión en llamas antes del accidente comenzando una serie de rumores que entorpecieron la investigación.
De los 115 pasajeros, prácticamente todos italianos - el único extranjero conocido a bordo era una tripulante de cabina belga. Los viajeros estaban, en su mayor parte, regresando para tomar parte en las elecciones italianas que tendrían lugar ese fin de semana. Entre los viajeros cabe resaltar al director de cine Franco Indovina, así como a Cestmir Vycpalek, el hijo del entonces entrenador de la Juventus.
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Las pruebas refrendaron la versión oficial de los hechos. Las pruebas culparon a los pilotos de no seguir las instrucciones de los controladores de vuelo. La razón del accidente fue declarado 'error del piloto', entendiéndose como una colisión no intencional del avión contra una montaña por volar a menor altura de la debida.
Hay otra versión oficial sustentada por algunos allegados de las víctimas. Maria Eleonora Fais, hermana de Angela Fais, que murió en el avión, fue capaz de encontrar, tras muchos años, el informe del subinspector de policía Giuseppe Peri que dijo que el avión había explotado por una bomba. Esto daría pie a confirmar las palabras de los testigos que aseguraron ver arder el avión antes de colisionar con la montaña.
 Peri acusó a personas con deudas pendientes con la Mafia y a un grupo subversivo de derechas de la responsabilidad del atentado. La ANPAC se puso del lado de los pilotos, rechazando la posibilidad de un error debido a su larga experiencia.




Accidentes en Japón (acaecidos el mismo año)

El 02 de Canadian Pacific Airlines fue un avión que el 4 de marzo de 1966 se accidentó en el Aeropuerto Internacional de Haneda, en TokioJapón, cuando el vuelo tocó las luces de aproximación durante un intento de aterrizaje nocturno, con poca visibilidad. De los 62 pasajeros y 10 tripulantes, sólo sobrevivieron 8 personas. El vicepresidente de la American Broadcasting Company, quien había estado de gira por las oficinas de Asia de la red fue una de las 64 víctimas mortales.
El aparato que cubría el vuelo 402 desde Hong Kong a Vancouver con escala en Tokio, despegó a las 16.14 (Hora Estándar del Japón) desde el Aeropuerto Internacional Kai Tak en la primera parte del viaje.
El vuelo estuvo por casi una hora en el aire esperando a que la visibilidad mejorara en el destino para el aterrizaje. El controlador de la torre le autorizó una aproximación por instrumentos al mejorar la visibilidad, pero la tripulación tuvo que abortarla cuando la visibilidad volvió a caer. A las 20:05 hora local, el piloto comunicó por radio a la torre de control que se estaba desviando a Taiwán y le dicen que la visibilidad en el aeropuerto ha aumentado. Entonces, el piloto decidió hacer otra aproximación antes de desviarse.
La aproximación controlada era normal hasta que se vio al avión descender de repente por debajo de la senda de planeo en el radar de aproximación de precisión. A 850 m (2.800 pies) desde el umbral de la pista, las ruedas de aterrizaje de la aeronave golpearon parte del sistema de iluminación de aproximación. El piloto perdió el control del avión al chocar contra varios obstáculos, incluyendo 2 metros de dique en el umbral de la pista, dejando un rastro de 800 m de restos del aparato en llamas por todo el aeropuerto.
Un equipo de investigación japonés concluyó en su informe, publicado en 1968, que no había ninguna falla en la torre de control del aeropuerto. Afirmaron que la causa era el error del piloto que descendió demasiado rápido, aunque reconoce que la mala visibilidad podría haber causado una ilusión óptica que pudo confundir a la tripulación. La declaración de causa probable fue que el "piloto calculó mal la aproximación al aterrizaje en condiciones meteorológicas excepcionalmente difíciles".
El hecho de que se estuviera alejando del aeropuerto cuando le dan la orden de regresar para realizar las maniobras de aterrizaje pese a seguir las condiciones atmosféricas adversas se entendió como una conducta temeraria e inapropiada por parte del controlador.
Los ocho supervivientes salvaron sus vidas al ser despedidos del avión tras la colisión.
El Boeing 707 fue uno de los cinco desastres aéreos fatales (cuatro comerciales y uno militar) en el Japón durante 1966, sin duda alguna un año aciago y marcado con rotulador amarillo fosforito como de infausto recuerdo para la ya de por sí acostumbrada sociedad nipona a padecer tragedias de diversa índole.
 Unas horas más tarde del anterior accidente, el vuelo 911 de BOAC, un Boeing 707 estaba haciendo rodaje por la pista, aún con los restos humeantes del DC-8, cuando estalló poco después de despegar al encontrar turbulencia extrema, cayendo en el Monte Fuji, mientras volaba en dirección opuesta hacia Hong Kong, matando a los 124 pasajeros y miembros de la tripulación. Esto elevó la cifra total de muertos en el área de Tokio por encima de las doscientas almas, un récord para un solo día.
Menos de un mes antes, el vuelo 60 de All Nippon Airways, un Boeing 727 se estrelló en la bahía de Tokio durante las maniobras de aproximación para aterrizar en el mismo aeropuerto, matando a las 133 personas a bordo. Además de otros dos incidentes ocurridos el 26 de agosto y 13 de noviembre. El efecto combinado de estos cinco accidentes sacudió la confianza del público en la aviación comercial en Japón, y las dos principales compañías aéreas (Japan Air Lines y All Nippon Airways) se vieron obligadas a reducir algunos servicios domésticos debido a la disminución de la demanda.



Accidentes aéreos en vuelos DC8

                                   Accidentes mortales de DC8

Los dc8 son aviones muy utilizados en la aviación comercial y militar, quizás por ello se hayan sucedido una cantidad de accidentes. Pero la cifra llega a ser inquietante y más si se compara con otro aviones tan utilizados o más que no han sufrido accidente alguno.
Comienzo con un vuelo charter que trasladaba tropas estadounidenses desde El Cairo a su base en Fort Campbell, Kentucky (haciendo escala en ColoniaAlemania y Gander, Canadá) cuando se estrelló a los pocos minutos de su despegue cerca del Aeropuerto Internacional de Gander el 12 de diciembre de 1985. Sus 8 miembros de la tripulación y los 248 pasajeros (la mayoría soldados pertenecientes a la 101° Airbone División Aerotransportada del Ejército de Estados Unidos) murieron en este accidente..
Este accidente fue investigado por la Junta de Seguridad de Aviación Canadiense (CASB), que determinó como causas del accidente la acumulación de nieve en las alas y el sobrepeso de la aeronave al momento del despegue.
Los pilotos a cargo del vuelo 1285 eran el experimentado capitán John Griffin, quien además era instructor de vuelo, el primer oficial John Connelly y el ingeniero de vuelo Michael "Mike" Fowler, quienes abordaron el avión en la escala que éste realiza en ColoniaAlemania.
El vuelo 1285 de Arrow Air llegó al Aeropuerto Internacional de Gander a las 9:04 am (hora de Alemania). Allí los pasajeros bajaron del avión mientras éste se reabastece de combustible; minutos después el ingeniero de vuelo Michael Fowler realizó una inspección externa al DC8, sin hallar nada inusual en el exterior del avión, tras lo cual regresan los 248 pasajeros al avión.
El controlador de tráfico aéreo asigna al capitán John Griffin la pista 22 del Aeropuerto Internacional de Gander para el despegue a Fort Campbell por una pista alternativa de 3.000 m.
El DC8 comenzó su despegue en la pista 22 del Aeropuerto Internacional de Gander desde la intersección de la pista 13 a las 10:15 AM, girando a la pista; poco después despega a una velocidad de 167 nudos.
Segundos más tarde el avión presenta problemas para ganar altitud después del giro, la velocidad de despegue aumenta a 172 nudos y luego disminuye, causando el descenso del avión sin que la tripulación lo pueda remontar. Poco después se estrella en un bosque cerca del lago Gandery, a unos 700 m cerca de la pista 22 del Aeropuerto Internacional de Gander; momentos antes de caer a tierra el avión golpeó un edificio abandonado, provocando una explosión que incendió el combustible que tenía en ese instante, matando a los 248 pasajeros y 8 miembros de la tripulación.
La Junta de Seguridad de Aviación Canadiense investigó el accidente y bajo la firma de cinco de los nueve miembros de la junta, encontró como causas del accidente la formación de hielo en las alas del avión. Después del aterrizaje continuó expuesto a la acumulación de nieve en las alas, capaz de producir la rugosidad de la superficie superior de las mismas. Además se descubrió que antes del despegue el avión no fue descongelado en tierra. No obstante, otros aviones que no habían sido descongelados pudieron despegar sin problemas ese día.
Se emitió la declaración de causa probable en su informe final:
La Junta de Seguridad de Aviación Canadiense no pudo determinar la secuencia exacta de los hechos que condujeron a este accidente. Sin embargo, la Junta cree que el peso de la evidencia apoya la conclusión de que poco después del despegue, el avión experimentó un aumento de arrastre y reducción de ascenso que resultó en una pérdida de sustentación a baja altura desde la cual no fue posible la recuperación.
 La causa más probable de pérdida que se determinó fue la contaminación de hielo en la superficie superior del ala. Otros posibles factores, tales como la pérdida de empuje del motor número 4 y las velocidades de despegue inadecuadas han agravado los efectos de la contaminación.
Cuatro miembros de la CASB se mostraron en desacuerdo con esta teoría, emitiendo una afirmación de dictamen de minoría que no hubo evidencia presentada en la investigación, demostrando que el hielo había estado en el borde de las alas. El informe de minoría determina:
Un incendio en vuelo que pudo resultar de detonaciones de origen desconocido, provocando fallas en la aeronave.
Lamentablemente la única pieza que podía demostrar cuál era la causa más probable del accidente era la grabadora de voz en cabina (CVR), que estaba deteriorada y no grabó nada, mientras la grabadora de datos en vuelo (FDR) era un modelo antiguo que registraba 4 parámetros en una cinta de acero inoxidable. Estos dispositivos serían sustituidos unas semanas después por Arrow Air.
Algunas teorías postularon que la velocidad de despegue fue mal programada en el panel de instrumentos.
·         En el lugar del accidente se erigió un monumento en memoria de las víctimas del vuelo 1285, que se titula Testigo silencioso.
·         En Fort Campbell fue erigido un monumento en memoria de los 248 soldados de la 101° División Aerotransportada del Ejército de los Estados Unidos y cerca de allí hay un parque memorial en Hopkinsville, Kentucky.
Similitud con otros accidentes
El 13 de enero de 1982, el vuelo 90 de Air Florida, un Boeing 737-200, se estrelló en el río Potomac, en Washington DC. 74 personas a bordo y 5 personas en tierra fallecieron en este accidente y una auxiliar de vuelo y 4 pasajeros escaparon con vida del siniestro. Al igual que el vuelo 1285, el vuelo 90 tenía nieve acumulada en las alas y el avión que realizaba este vuelo fue descongelado de forma incorrecta.
El 10 de marzo de 1989, el vuelo 1363 de Air Ontario, un Fokker F28, se estrelló a los pocos minutos de despegar del Aeropuerto Regional de Dryden con rumbo a Winnipeg. 24 personas a bordo fallecieron y 45 sobrevivieron. La causa del accidente fue la acumulación de nieve en las alas del avión.
El 23 de marzo de 1992, el vuelo 405 de UsAir, un Fokker F28, se estrelló a los pocos minutos de despegar del Aeropuerto Internacional de La Guardia de Nueva York. 24 personas a bordo sobrevivieron al accidente y 27 murieron. La causa del accidente fue atribuida al descongelamiento inadecuado que recibió el avión y a la acumulación de nieve en las alas. Estos vuelos no eran Dc-8 pero quise incluirlos en este post por tener la misma causa. Parece mentira que la nieve pueda crear tantos problemas, esperemos que se hayan tomado medidas, sobre todo en los países cercanos a los polos. Pero volvamos al tipo de avión con el que comenzamos el artículo.

Accidente aéreo en Asia:
Una aeronave  DC-8 partió del Aeropuerto Internacional Rey Abdulaziz con destino al Aeropuerto Internacional Sadiq Abubakar III. Los problemas fueron reportados poco después de despegar. La tripulación intentó regresar al aeropuerto de partida para un aterrizaje de emergencia, pero el avión se incendió y se estrelló fuera de la pista. Los 261 ocupantes a bordo, de los cuales 247 eran pasajeros, murieron en el accidente.
El accidente sigue siendo el más mortífero que implica un DC-8, así como el segundo más mortífero que tiene lugar en Arabia Saudita.
La causa del accidente se encontraba bajo los neumáticos inflados sobrecalentados, que posteriormente llegaron a incendiarse. El fuego se extendió a la bodega de carga, causando una falla de los sistemas hidráulicos. Cuando trataron de apaciguar el fuego era demasiado tarde, no dio tiempo de llegar a ningún aeropuerto, el más cercano según el radar del piloto era el que sirvió para despegar, por lo que el comandante dio marcha atrás y trató de mantener el avión en los cielos con el firme propósito de regresar al aeropuerto de partida.
No hubo forma, el avión se estrelló en la inmensidad del desierto antes de llegar a su destino. Según el resultado de las cajas negras el piloto pensaba que podía llegar al aeropuerto, pues se escucha como le contesta al copiloto que no hace falta iniciar maniobra de aterrizaje de emergencia. El copiloto no se queda tranquilo y le vuelve a solicitar que inicie la maniobra de aterrizaje. Ya no se produce ningún diálogo más, a los pocos segundos se escuchan unos chillidos que preceden al estruendo que genera el impacto del avión.
El inmenso incendio que provocó el avión evitó que hubiera supervivientes y complicó en demasía las labores de identificación de los cadáveres que duró varias jornadas.
El 4 de febrero de 1996, un DC-8-55F matriculado HK-3979 de Líneas Aéreas del Caribe (LAC), había llegado de Barranquilla al Aeropuerto Internacional Silvio Pettirossi a tempranas horas con 29.240 kilos de carga consistente principalmente en electrónicos y un lujoso automóvil, en un vuelo fletado por la empresa Alas Paraguayas.

A las 10:00 horas, se procedió a la descarga del mismo. A las 14:11, el DC-8 despegó vacío del Aeropuerto Internacional Silvio Pettirossi de Asunción con destino a Campinhas, Sao Paulo. Estaba tripulado por el Comandante José Muñoz, el Copiloto José Karfp, el Ingeniero de Vuelo Hernando Sánchez y llevaba un pasajero, el Sr. Armando Rojas Pantoja.

Al minuto de vuelo, mientras sobrevolaba sobre la ciudad el avión se desplomó violentamente sobre unas casas y una cancha de deportes donde muchos jóvenes estaban entrenando en ese momento sin que pudieran esquivar al avión. Murieron instantáneamente 18 personas en tierra y a sus cuatro tripulantes, en lo que se dio en llamar la peor tragedia aérea en la historia de la aviación comercial paraguaya.
Se supo después que quien despegó el aparato fue el co-piloto y en pleno ascenso, el Capitán Muñoz, supuestamente para poner a prueba el avión, disminuyó la potencia primeramente de uno de los motores, y luego de otro, dejando al avión con sólo dos motores a máxima potencia, lo que produjo la pérdida de velocidad y la posterior pérdida de sustentación, lo que sumados a ciertos procedimientos de emergencia incorrectos, produjeron la pérdida del control de la aeronave y la caída de la misma con el resultado ya descrito.

Los experimentos arriesgados se pagan caro, la imprudencia del piloto de querer probar la resistencia de la nave pilotándola sólo con dos de los cuatro motores es un riesgo que no se debe correr y que le supuso perder la vida y la de sus acompañantes.



Relato Corto: Zulema.

Estamos bailando en medio de la pista, yo aprovecho para arrimarme lo máximo posible y rápidamente percibo que ella no me aparta, está disfrutando tanto como yo o más.
Percibo por el calor de sus mejillas que se siente a gusto, está disfrutando de la noche, de las copas y de mi presencia. Aprovecho la ocasión para besarla y el tiempo parece detenerse.

Mis manos comienzan a deslizarse por toda su anatomía deteniéndose súbitamente en sus nalgas. Unas nalgas suaves y esponjosas que parece mentira que puedan ser obra de la naturaleza, ni el mejor cirujano plástico podría haber hecho algo así.

Todo es perfecto hasta que un puñetazo me deja noqueado en el suelo infestado de colillas de Camel, Mallboro, Lucky Strike y otras marcas blancas. La música continúa pero ya nadie baila, todos miran asustados al sujeto que me acaba de golpear con su feroz puño derecho.

La gente se ha echado a los costados y el novio de Zulema me levanta asiéndome de mi camisa como si fuere un pelele. Me lanza de nuevo y vuelvo a caer. Se arremanga la camisa mientras me lanza bufidos como si fuera un toro bravo que quiere embestirme.

Zulema reacciona rápido y me levanta del suelo. Su novio nos separa de manera brusca y me levanta asiéndome del cuello, siento que me va a estrangular cuando logro pegarle un puntapié en los genitales que me sirve para zafarme de su incómoda presencia.

 Yo le digo que Zulema es libre para besar y bailar con quien quiera. Esas palabras parecen no gustar a mi adversario que se revuelve contra mí aplicándome una serie de guantazos, patadas y cabezazos que dejan noqueado. Sus golpes solo cesan cuando un ciclado de 110 kilos le reduce asiéndole del cuello. Se trata del puerta de la discoteca, aquel maromo me acaba de salvar la vida.

Respiro profundamente aliviado, le doy las gracias al mastodonte que me libró de morir apaleado y salgo de la discoteca en compañía de Zulema. Aunque suene frívolo y un tanto mezquino la música no ha parado siquiera un instante y la mayoría de personas continúa la fiesta como si nada hubiera ocurrido.
Zulema me abraza y me besa en todas las partes donde he recibido golpes, lo hace con más delicadeza en aquellas zonas donde la golpiza ha dejado signos evidentes y perfectamente visibles.

Tengo un ojo hinchado y el pómulo derecho inflamado de manera que parece un huevo estrellado más que una mejilla. No sé si por pena o por amor Zulema me lleva en su auto a su casa.
Nos bajamos de su auto y caminamos de la mano hasta su habitación donde me aplica unas pomadas que me rebajan la hinchazón y me ayudan a superar el dolor.

Aflora en mí una colosal erección que parece querer romper el calzón y el pantalón que separan a mi miembro del cuerpo candente de Zulema. Mi miembro parece querer agradecer a Zulema todos sus cuidados de la única manera en que lo sabe hacer. Me muero de ganas de que se den las circunstancias idóneas para sacarle de paseo y comenzar así a escuchar los gemidos lascivos de mi compañera de fatigas.
Zulema se percata enseguida del radical alzamiento de mi mejor soldado.

-Unos tienen la fuerza en los brazos y otros más abajo-me susurra con cierto tono burlón.
Sus palabras no me ofenden sino todo lo contrario, me excitan y me ponen burresco. Comienzo a besarla apasionadamente su cuello, ella me besa los pómulos y las orejas mientras me despeina con sus manos lascivas.

Bruscamente se despoja de su blusa mostrándome su sostén que a duras penas puede sostener la pesada carga que mantiene. El fino encaje no parece dar abasto para mantener tanta carne.
Mis desorbitados ojos parecen querer salirse de mis párpados para perderse en sus maravillosos senos que parecen decirme cómeme.

Las siete copas de ron que me he bebido me impiden apartar la vista de aquel maravilloso lugar. Zulema se arranca el sostén y sus enormes pechos comienzan a caer al son de la gravedad en un movimiento perfecto y majestuoso imposible de explicar.

Estoy nervioso y el corazón me late a mil por hora. Pese a ello logro zafarme de mis pantalones y descubro mi enorme miembro que más parece un mástil de una carabela que un órgano reproductor.
Zulema respira profundo de puro deseo, lanza un suspiro que me eriza la piel y me tira contra su cama a la que caigo desplomado con unas enormes ganas de que empieza la verdadera fiesta.
Me agarra el miembro y sin preámbulos se deja caer sobre él. Mi miembro la penetra violentamente sin pedir permiso y sin pasos previos.

Zulema lleva las riendas del coito de manera magistral. Baila sobre mi enorme pene como si estuviera en una pista de baile. En momentos parece como si estuviera subida en un toro desbocado que pretende tirarla al suelo, pero ella no se cae y continúa moviéndose con soltura.

Veinte minutos más tarde ella termina por derrumbarse sobre mi regazo después de haber disfrutado de un orgasmo profético. Me acaricia los pelos del pecho con una sonrisa de oreja a oreja que me hace sentir tan bien como cuando me corrí en su interior.


Unos minutos más tarde se levanta del catre y saca de un cajón un consolador de amarillo fosforito, se dirige a la ventana y lo lanza al exterior. Le pregunto intrigado por qué ha hecho eso. Ella me responde que ya nunca más lo necesitará para alcanzar un orgasmo.

Relato Corto: Mi hermano Damián.

Mi único hermano está cerca de cumplir dieciocho años de edad, debido a que me saca casi seis años, nunca ha querido saber nada de mí.
Para él siempre he sido un enano con el que no tiene nada que compartir ni decir, así que lo único que nos une son los apellidos y el vivir bajo el mismo techo.
Damián se pasa el día en el instituto con sus amigos, aunque sólo entra a un número muy reducido de clases, siempre se encuentra rondando por las inmediaciones con sus amigos.
Por su edad tendría que estar cursando segundo de bachillerato. Pero lejos de estar preparando su acceso a la universidad, se encuentra terminándola eso, tras haber perdido dos años académicos.
Lo que más le gusta hacer es recorrer las calles de la ciudad en su moto, una vespino de segunda mano, con muchos kilómetros de rodaje, que se la compró por muy poco dinero a uno de sus amigos greñudos.
Todas las tardes, después de comer en casa, toma la motocicleta y se va hacia un descampado cercano para beber litros de cerveza y fumar porros.
Inseparable de su chupa de cuero, siempre lleva unas botas negras y camisetas de sus bandas de punk preferidas. Al igual que el resto de sus colegas lleva el pelo mal cortado, rapado por los costados y largo por el centro.
Sus pintas me recuerdan mucho a los que paran en la casa misteriosa anexa a la escuela. De hecho llevan parches  con los símbolos que tan habitualmente se veían poblando las paredes de aquella casa.
De continuo oía a mi padre discutir con mi hermano por no ordenar su habitación, no aprobar las asignaturas o por llegar borracho a casa a horas intempestivas entre semana.
-Cuando vuelva tu padre y te vea en ese estado deplorable te va a dar una buena, te vas a enterar lo que es bueno
-No me menciones a mi padre, si está en el trullo será por algo, no me lo menciones como un ejemplo de nada.
Discusiones acaloradas acontecían un sinfín de noches, me desvelaban de madrugada los gritos de ambos, primero comenzaba mi madre cuando Damián entraba en la casa, y el procedía a insultarla y menospreciarla.
Los insultos e improperios se prolongaban durante varios minutos que se me hacían larguísimos.
Nunca parecía llegar el momento de calma, siempre había una réplica a los ataques vertidos por la otra persona.
Cuando por fin se iban a dormir llegaba la calma, una calma tensa que me impedía conciliar el sueño con rapidez.
Deseaba que se hiciera de día para desayunar el tazón de cereales lo más rápido posible y salir raudo hacia las clases, poder ver a mis compañeros y así evadirme de las tensiones y conflictos que se vivían día tras día en mi humilde casa.
Algunas noches me las pasaba en vela, atormentada por las hirientes palabras que mi hermano tenía contra mi madre y contra mi padre ausente.
Cuando mi padre estaba en casa, Damián apenas se atrevía a alzar la voz, le tenía mucho respeto a su progenitor, puesto que en varias ocasiones había recibido fuertes correctivos tras haber desacatado sus órdenes o haber menospreciado a mi madre.
En más de una ocasión le había pegado un guantazo, pero la que le hizo cambiar radicalmente ante la presencia de mi padre fue la paliza que sufrió tras llamarle picoleto cabrón.
Los policías son llamados coloquialmente por algunos jóvenes de forma despectiva, picoletos, porque van de verde como Picolo, uno de los dibujos de Bola de Dragón.
A mi padre no le sentó nada bien aquella noche ese calificativo, y sumido en un estado profundo de embriaguez, fruto de toda una noche bebiendo vodka barato del supermercado, arremetió contra Damián.
Primero lo asió del cuello, y cuando mi madre suplicaba entre sollozos que lo dejara, que lo iba a matar, lo soltó.
Pero acto seguido y cuando mi hermano aún respiraba con gran dificultad, le propinó una serie de puñetazos en el rostro.
Damián aguantó como pudo una buena cantidad de golpes, pero terminó derrumbándose en el suelo del pasillo que conducía del salón a las habitaciones.
Con mi hermano ya en el suelo, mi padre continuó golpeándole, con puñetazos en la espalda que hacían retorcerse del dolor a mi hermano.
En ese instante mi madre se abalanzó sobre mi padre para impedir que siguiera golpeando a su hijo.
Mi padre se levantó súbitamente empujando a mi madre y continuó pegando patadas con el empeine de su pierna derecha a mi hermano en su costado, como si de un balón de fútbol se tratase.
Mi madre se apresuró al salón para llamar a la policía, fue entonces cuando mi padre se volteó, y al ver a mi madre en el salón junto al teléfono corrió para impedir realizar la llamada.
Esa noche  presencié aquellos escalofriantes hechos, contaba con sólo 10 años y me impresionó de tal manera la golpiza que recibió mi hermano, que nunca me atreví a llevar la contraria a mi padre, al igual que mi hermano.
Los compañeros de mi padre nunca se enteraron de la paliza que le pegó a su hijo, esa noche mi madre se encargó de parar la hemorragia nasal de mi hermano.
Luego le puso hielo en los pómulos que tenía inflamados a consecuencia de la golpiza recibida.
Esa noche mi hermano no pudo conciliar el sueño en ningún momento. Al alba mi madre le llevó al ambulatorio y allí se enteró de que a parte de las contusiones palpables a simple vista, tenía dos costillas rotas a causa de las patadas.
Ante las preguntas de los médicos, mi hermano y mi madre tuvieron que decir que las heridas eran consecuencia de una pelea en la que se vio envuelto la noche anterior con unos chicos del barrio de una pandilla rival.
-Ya sabes cómo son las pandillas en este barrio, señor doctor, son unos vándalos, decía mi madre.
-Ya, pero hay que poner una denuncia, la policía tiene que investigar quien le ha producido la rotura de dos costillas, es un delito de lesiones, no es cualquier tontería.
En esos momentos lo más difícil para mi madre era tener que dar la razón al médico, y hacer pensar a todos los allí presentes que no sabía quién le había golpeado a su hijo de esa forma tan brutal.
Damián, por su parte, se mantenía callado, mustio, como si continuase en estado de shock.  Asentía  a todo lo que le decían sin prestar atención.
Desde aquel día en que mi padre casi acaba con la vida de mi hermano las cosas no hicieron sino que empeorar.  La relación entre mis padres es enquistó, hasta el punto que las discusiones se producían a diario.  Cuando no se encontraba nuestra en madre en casa nuestro padre nos amenazaba constantemente, unas veces nos pegaba con el cinturón y en otras ocasiones nos decía que nos dejaría sin comer sino hacíamos todo cuanto él quería.
La situación era tan incómoda que trataba de pasar el máximo de horas posibles fuera de mi casa, sobre todo en las tardes, para así no ver a mi padre. Pero aquello era un arma de doble filo, porque si llegaba muy tarde a casa la reprimenda era mayúscula.
Un día, para evitar que mis profesores o los de Damián pudieran denunciarle a los servicios sociales mi padre dejó de pegarnos. Así fue como comenzó una etapa en la que nos alimentaban muy mal, mi padre racionaba la comida que nos servía mi madre hasta límites insospechados.
Para no pasar hambre trataba de comer a escondidas aun sabiendo que me exponía a severos castigos. Mi madre trató de mediar en la embarazosa situación que vivíamos desde varias semanas atrás. Lo único que consiguió fue que la ira de mi desdichado padre se cebara contra ella. Desvió su frustración contra mi madre que lo único que pretendía era que pudiéramos comer como dios manda.
La retahíla de insultos e improperios que mi padre vertió sobre mi madre aquella tarde de infausto recuerdo es algo que me marcó de por vida. Cuando se cansó de vejarla comenzó a pegarla y fue entonces cuando mi hermano Damián se abalanzó sobre él cual felino.
 La rápida reacción de mi hermano evitó una golpiza que hubiera desfigurado el rostro de mi madre. Al día siguiente mi madre se armó de valor y denunció los hechos en comisaría. Por fortuna aquella denuncia sirvió para que mi padre tuviera que abandonar el núcleo familiar y así pudimos respirar más tranquilos.
Sin embargo las desgracias continuaban cebándose conmigo. No sé si el lector habrá experimentado en alguna ocasión un dolor estomacal tan fuerte qué deseare haber quedado inconsciente para dejar de sufrir tamaño dolor.
Eso es lo que me ocurrió una tarde de aquel largo invierno, la tarde agonizaba, el sol se metía por detrás del parque de Azorín trazando en el firmamento pinceladas rojizas y rosadas entremezcladas con otras tonalidades más apagadas, grises y ocres.
Yo descendía de dicho parque, rumbo a mi casa, charlando con amigos del barrio, cuando en el interior de mi vientre comenzaba a fraguarse una feroz batalla de la que yo no podía sospechar ni por asomo.
No sé si sería debido a la ingesta de un alimento en mal estado, a la hambruna a la que me había sometido mi padre o si se debía a no haberme lavado las manos antes de comer, error que cometía en incansables ocasiones.
Lo cierto es que jamás olvidaré esos retortijones que me persiguieron durante siete interminables días en los cuales me sentí el ser más desdichado de la faz de la tierra.


Por fortuna los dolores remitieron una semana después y pude disfrutar de una vida tranquila sin los sobresaltos que me producía el hecho de vivir con mi atormentado padre. Nunca más volví a convivir con él, jamás acepté un solo regalo suyo ni tampoco sus proposiciones de hacer las paces. Puesto que como decía mi tío Paco, ningún hombre que pegue a su mujer y a sus hijos de una manera tan salvaje y ruin como lo hizo mi padre merece ser perdonado.