viernes, 28 de agosto de 2015

Ferrol, el destroit gallego.


Lo normal es que las ciudades aumenten su población y que los pueblos alejados de las grandes urbes vayan disminuyendo de tamaño, pero esta máxima no siempre se cumple. Pese a ser varias las ciudades que han perdido población en la última década como consecuencia de varios factores, entre ellos la falta de empleo, hay una que sobresale entre las demás por haber perdido el 30 por ciento de sus habitantes.

Esta ciudad es Ferrol, apartada población enclavada en el noroeste peninsular a la que la crisis le ha pasado factura sobremanera. Este hecho se suma a la ya de por sí fama que tienen los gallegos de emigrar cuando las cosas se tuercen y escasea el trabajo. Si los problemas de chamba llegaron en 2008 a España, sobra decir que en Ferrol comenzaron mucho antes, en concreto a principios de los ochenta con el cierre de los astilleros.

De esta manera, la ciudad del caudillo encabeza la lista de ciudades que más población han perdido en las últimas décadas, por encima de Lugo, Pontevedra, Teruel, Soria y Córdoba, no sorprende nada que en esta lista se encuentren varias ciudades gallegas.

Por eso cuando se habla de cierre de empresas y negocios en España se piensa muchas veces en el levante por el tema de la construcción que está parada pero también en Galicia.  Esta región apartada de la mano de dios no sufrió el boom inmobiliario tan espantoso que padecieron las ciudades del Levante como Valencia, Alicante o Castellón pero aún así la crisis se ha notado tanto o más que en las citadas ciudades mediterráneas.

Es por ello que aunque Rajoy diga que España va bien y que se está creando empleo pocos ferrolanos que emigraron de su tierra tienen la intención de regresar a corto y medio plazo.

Calles sucias, letreros de "Se traspasa", casas abandonadas y muros pintarrajeados son demasiado frecuentes en Ferrol. Si uno se da un paseo por el Casco Vello puede comprender que de vello queda muy poco, la decadencia asoma por los cuatro costados sin que sus vecinos ni el concello municipal hayan podido hacer mucho por frenar esa profunda decadencia en la que se haya sumida la otrora ciudad puntera de la economía portuaria y siderúrgica.

Pese a todo ello Ferrol tiene un montón de cosas buenas, como el castillo de La Palma o esas espectaculares playas salvajes que, gracias al tempestuoso clima y la remota situación geográfica, permanecen ajenas al rodillo turístico.

 Pero desgraciadamente todo esto no es suficiente para que centenares de tiendas y negocios echen el cierre y decenas de miles de ferrolanos hayan hecho las maletas para irse a la capital o al extranjero. por no funcionar no funciona ni su equipo de fútbol, que de ser un sempiterno candidato a subir a primera división se han convertido en un clásico de la tercera división gallega.

Volvamos al Ferrol apocalíptico: barrios en ruinas, tiendas cerradas, aguas apestosas… Todo esto queda mucho mejor para perpetrar un artículo sensacionalista. Sin ánimo de hacer leña del árbol caído, espero aportar un granito de arena para denunciar el terrorífico abandono que afecta a este lugar que, en tiempos mejores, vio nacer a figuras como Jesús Vázquez, Andrés do Barro, Carlos Jean, Jesús Ordovás o Pablo Iglesias (el socialista, no El Coletas).

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Un paro disparatado

Desde tiempo inmemorial, Ferrol y su comarca (conocida como Ferrolterra) han vivido de la construcción naval. Y si apuestas todo a una carta, tienes muchas posibilidades de perder. Ya en primer tercio del siglo XIX se produjo la primera crisis, debida a un parón en la actividad de los arsenales. En el XX, la cosa remontó y, hasta bien entrados los años 70, Ferrol fue una ciudad viva y próspera. Pero allá por 1982, los delirios europeístas de Felipe González lo llevaron a emprender una tosca reconversión industrial que provocaría despidos masivos en los astilleros.

En la actualidad, la tasa de paro de Ferrol asciende a un 33’3%, que supera a la de ocupación (32’3%) y crece a una velocidad de vértigo, por más que el ministro Montoro haya dicho que “hay carga de trabajo garantizada para mucho tiempo”. La mejor respuesta a este dislate es la siniestra y oxidada verja del astillero, donde cuelgan decenas de monos de trabajo que ya no valen para nada.

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Una ciudad desierta

El gallego no se queja, emigra. Y la falta de trabajo en Ferrol ha provocado una sangría demográfica imparable. La ciudad ha perdido más de 30.000 habitantes en las últimas décadas: en los años 70 rebasó los 100.000 y ahora no tiene más que 69.428. El resto se han largado a buscarse la vida. Dicen los innombrables Limones en su canción ‘Ferrol': “sé que aquí nací y aquí voy a quedarme”; y en verdad es un acto heroico permanecer en este lugar dejado de la mano de Dios.

Puede que en verano haya algo más de gente, pero salir a la calle en Ferrol una noche de, pongamos, noviembre, y darse un paseo por el centro es como meterse en el pellejo de Charlton Heston en Omega Man: no hay ni un alma por la calle, ni un bar abierto, ni un triste chucho… Un escenario, en fin, que solo los misántropos mas recalcitrantes somos capaces de disfrutar.

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Unos barrios en ruinas

Con la retranca propia de los gallegos y la crueldad de los pijazos, los coruñeses se refieren a Ferrol como “Vilapodre”, es decir, “Villa podrida”. Por desgracia, no les falta razón. Sobre todo por barrios como Canido o por Ferrol Vello, casco antiguo de la ciudad que sus propios vecinos han rebautizado como “pequeño Kosovo”, pues se encuentra en ruinas por conflictos irresolubles entre políticos, propietarios y buitres inmobiliarios. Solo un no-país como España deja que en una zona declarada Bien de Interés Cultural (por aquí pasa el Camino de Santiago) haya 8.300 viviendas deshabitadas que se caen a trozos.



Deambular por el casco viejo será una experiencia religiosa para los miembros del Club de Exploradores de Lugares Abandonados y demás gourmets del escombro. Pero para el común de los mortales, es como echar una partida al videojuego Silent Hill, con la diferencia de que aquí ni siquiera hay monstruos, solo alimañanas que también acabarán emigrando o muriéndose de hambre.

Un comercio terminal
Desde 2010, unos 800 negocios ferrolanos han cerrado sus puertas. Los carteles de “se vende”, “se traspasa”, “liquidación por cierre” o las puertas de locales tapiadas, pintarrajeadas y llenas de hongos, se pueden ver hasta en las más céntricas calles peatonales.
Lo más parecido que hay en Ferrol a unos grandes almacenes es un pequeño y modesto Corte Inglés. El conato de centro comercial que se abrió en la zona conocida como el Inferniño tiene casi todos los locales vacíos. Y los ferrolanos prefieren gastar sus escasos dineros en el mall del cercano municipio de Narón, que tampoco es para tirar cohetes.

Un pasado franquista
Hoy por hoy, Ferrol se llama “Ferrol”, aunque haya ministros (hola otra vez, Montoro) que se empeñan en seguir usando el viejo topónimo “El Ferrol”, que deriva de “El Ferrol del Caudillo”, nombre con el que se conocía a la ciudad hasta 1982. La razón, como todos sabrán, es que aquí nació Francisco Franco Bahamonde, Caudillo de España por la Gracia de Dios.

Y aunque ya hace tiempo que quitaron la estatua del generalísimo de la Plaza de España para esconderla en el Arsenal Militar, la placa de bronce conmemorativa sigue instalada en la fachada de la casa natal del caudillo, que se ha convertido en una meca de peregrinación antifascista, para tirar pintura, excrementos caninos, escupitajos, pegar chicles en las paredes o arrancar de cuajo la placa, algunos cuentan que hasta heces humanas han encontrado en los escalones de la puerta de entrada a la casona.

Pero pese a su pasado, franquista, en Ferrol han gobernado todos los partidos habidos y por haber… y todos han fracasado en la titánica tarea de resucitar la urbe, sobretodo pp y psoe. En las últimas elecciones se llevó la alcaldía la marea de Ferrol en Común (IU, Podemos y Anova), en pacto con PSOE y BNG. A juzgar por su caótica forma de gestionar la reciente Crisis del Agua que dejó a Ferrol seco durante varios días mal han empezado las cosas, pero es verdad que es pronto para desacreditarles y que muy mal deben hacer las cosas para estar a la altura de los tiranos bipartidistas.

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Una geografía remota

El fatídico martes 13 de enero de 1998, un fuerte temporal provocó que la gigantesca plataforma petrolífera Discoverer Enterprise, que estaba anclada en los astilleros ferrolanos, soltase sus amarras y se empotrase contra el puente de As Pías, que en ese momento era el principal punto de unión entre Ferrol y el resto de España. El mar se llenó de casquetes, que aplastaron toneladas de marisco, y la ciudad quedó aislada durante meses: pese a la visita del por entonces presidente de la Xunta (el exministro de Franco Manuel Fraga) y a la repercusión internacional del siniestro, los ferrolanos sintieron más que nunca que vivían en el culo del mundo.

Mientras se apañaba el cataclismo, los automovilistas que querían entrar o salir de Ferrol se veían obligados a dar un rodeo de 20 kilómetros por carreteras comarcales. Eso sí, gracias a este accidente se aceleró la construcción de la autopista que hoy permite a los parados escapar más rápidamente de la ciudad. Aunque, tal y como está el patio en España, mejor les irá si emigran allende los mares.

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Una ría de mierda

La ría de Ferrol es la más contaminada de Europa, muy a pesar de las inyecciones de dinero (que el diablo sabe dónde estará), la instalación de depuradoras o las visitas de inspectores europeos que encanecen con el estado de las aguas. Para suavizar la cosa, los quitamierdas del Partido Popular Europeo se las apañaron para borrar del informe conceptos como “situación dramática”.

Pero solo hay que darse una vuelta por los dos modestos paseos marítimos que existen en la ciudad e inspirar profundamente cuando baja la marea, para darse cuenta de que allí no huele a mar, sino a cloaca, y que en sus pantanosas aguas chapotean más roedores que crustáceos. Es lógico, y no solo por los desechos orgánicos que expulsan los ferrolanos, sino también por los vertidos tóxicos de corporaciones como Navantia, Megasa o Reganosa. De los furtivos que marisquean en estas pestilentes aguas no hablo, que me da cagalera.

miércoles, 19 de agosto de 2015

Relato corto: Campamento hediondo.


Un campamento hediondo en un mundo decadente:

El desarraigo es una sombra inmensa que cubre el corazón de los solitarios, de las almas en pena que pululan por las calles sin rumbo fijo, cabizbajos y taciturnos deambulan arrebujados en sus abrigos. Sin nadie a quien contarles sus penas sus días pasan lentamente, malcomen y ven televisión, horas y horas delante de la caja tonta viendo programas en donde salen mujeres siliconadas y hombres musculosos con el cerebro de un mosquito.

Pensativos y ociosos salen de sus madrigueras para contemplar los escaparates de las tiendas y comercios sin intención de comprar nada antes de emprender la marcha de retorno a sus casas.

Frío, soledad, vacío, angustia, desazón y desapego por la vida son algunos de los sentimientos que les afloran en su devenir cotidiano.

Si el corazón de los hombres y mujeres que aman es grande y está lleno de amor y comprensión, el de los hombres y mujeres solitarios es pequeño y  diminuto como los granos del trigo.  Y los hombres que nos encontrábamos en aquel campamento hediondo buscando el cometa que nos debía transportar a otra Galaxia no les quede duda que éramos hombres solitarios.

Esa noche fue gélida, tal fue el grado de gelidez que la luna se congeló y no pudo salir al firmamento para dar luz a la noche como lo venía haciendo desde que el mundo es mundo. Aquella extraña noche tan sólo algunas estrellas lejanas se atrevieron a salir para hacer acto de presencia en firmamento.

-Que oscuridad tan oscura-me dije a mi mismo mientras caminaba hacia el arroyo en busca de agua.

El campamento en el que vivían los hombres solitarios que habían abandonado sus familias y sus vidas para dedicarse a la contemplación del firmamento se convirtió pronto en un estercolero, en una auténtica porquería donde se agolpaban botellas de cerveza, latas de alubias junto a otras de melocotón en almíbar, restos de maderas quemadas, contenedores repletos de residuos, neumáticos, tubos de escape, felpudos, limpiaparabrisas y otros repuestos de vehículos entremezclados en pequeñas montañas de basura que comenzaban a parecer trincheras de combate.

Hacía tiempo que nadie recogía su basura, una vez pisé una enorme mierda que había generado un pastor alemán y entré en cólera, la gente ya no se preocupaba por recoger su basura y tirarla en los lugares habilitados para ello. Ni siquiera si dignaban en enterrar en la arena las heces de sus perros.

Me dirigí hacia el dueño del perro pero cuando vi el estado lamentable en el que vivía aquel sujeto sentí lástima por el animal y decidí no armar una trifulca. Aquel hombre dormía en una rulotte descuartizada, que tenía tres de sus cuatro ruedas pinchadas y todas las ventanas desquebrajadas como si le hubieran lanzado piedras o botellas en una refriega sin precedentes.

El ambiente era hostil, la gente no se bañaba y allá por donde andara me topaba con gente que olía mal. Hombre barbudos de mirada perdida y en otras ocasiones de gesto desafiante. Mujeres tripudas que escupían constantemente al suelo gargajos de gran tamaño mientras se rascaban los sobacos en señal inequívoca de que la mugre comenzaba a ser molesta.

 Era un lugar abrupto, de difícil acceso donde el agua escaseaba. Tan sólo había una fuente en la que hacían cola multitud de personas para rellenar galones de agua. En los últimos días éramos cada vez menos los que hacíamos cola en ese lugar. Salía tan poca agua que la mayoría decidimos gastarla únicamente para beber convirtiéndose en un bien preciado.

Unos días después la fuente se secó y la única manera de poder beber agua era desplazándose hasta una montaña cercana donde corría un arroyo de aguas turbias. El agua sabía mal pero no había otra cosa. No eran tiempos para quejarse por cosas así.

  Las ciudades languidecían en una sempiterna decadencia que ya a nadie le asombraba ni asustaba, sólo lo más viejos habían visto y disfrutado de una sociedad mejor, las personas de mediana edad lo habían visto en las películas, los adolescentes se quejaban de la generación de sus padres por haber sido los verdaderos culpables de la decadencia tan atroz que se cernía sobre la Tierra, y los más pequeños se quejaban de vivir en un mundo tan hostil y tan desprovisto de cualquier tipo de expectativas.

-Mami, porque nos ha tocado vivir en un país tan feo como este-fue uno de los últimos comentarios que escuché a mi hermana antes de abandonar la ciudad.
-No digas esto hijo, vivimos en Estados Unidos, somos el país más avanzado y civilizado, si vivieras en áfrica o en Asia verías lo que es bueno.

-Pues vaya mierda de mundo, sólo hay miseria y destrucción, miras esas casas con las paredes pintarrajeadas, y las aceras quebradas, casi me tuerzo el tobillo madre.

-Esto es lo que nos ha tocado vivir, no le des más vueltas al asunto, suerte que tenemos comida y un techo donde poder sentarnos a ver televisión, donde poder cagar y dormir sin pasar frío-contestaba mi madre mientras se tapaba la boca con una mascarilla para no tragar el dióxido de carbono de los vehículos que esperaban a que el semáforo se pusiera en verde.

La miseria, la codicia, el desarraigo, la indolencia, la pereza y el abandono se podían apreciar en todas partes.

Daba lástima pasear por los parques donde abundaban las jeringuillas, las colillas,  las bolsas de basura, cartones, plásticos y  botellas de ron y de wisky entre otros múltiples escombros que no podían ser limpiados por barrenderos porque los ayuntamientos ya no contaban con fondos para pagar los servicios de limpieza.

Los hospitales estaban colapsados, muy pocos médicos y enfermeros para tantos y tantos pacientes con enfermedades anómalas producto de la creciente contaminación atmosférica.
Las escuelas comenzaban a vaciarse, pues muchos padres no veían futuro en la educación, creían que estudiar no les iba ayudar a conseguir un buen trabajo y más con esos maestros bolcheviques y filocomunistas que estaban todos los días haciendo conatos de huelga.

Los cines, teatros y bares iban poco a poco cerrando pues cada vez era menor el número de personas que tenía dinero para poder gastar en ocio.


En este lamentable escenario era cada vez más comprensible que multitud de personas abandonasen la monotonía de sus aburridas vidas en la ciudad y se acercasen a nuestro campamento hediondo en busca de ser transportados por el cometa Halle Bopp hasta el redentor planeta Sirus.

Amerizajes peligrosos.

Australia.
Amerizajes peligrosos:

Los amerizajes son aterrizajes de emergencia realizados en el agua, ya sea en un río, en un lago o en el océano. Es muy raro que se de un caso de amerizaje y mucho menos que haya una cámara que esté grabando el lugar donde este se produce, por eso causó tanto revuelo el vídeo de un avión amerizando en el río Hudson, a escasos metros de varios edificios emblemáticos del barrio neoyorkino de Manhatan.

Las imágenes del vuelo 1549 de US Airways flotando sobre las aguas heladas del río Hudson, cerca de la calle 48 de Manhattan, en Nueva York, impactaron al mundo y dieron popularidad a un término para muchos desconocido: amerizaje.
Fue en enero de 2009, y el feliz suceso –se salvaron todos los ocupantes– sirvió también para que unos cuantos medios de comunicación españoles rememorasen que, 43 años antes, la costa del municipio tinerfeño de El Sauzal fue testigo de un acontecimiento similar. Un documental vuelve a poner ahora de actualidad aquel hito de la aviación nacional, del que se cumplen 48 años.

La historia que les voy a contar, y lo dicen los expertos, poco tiene que desmerecer a la del Hudson. Un avión de la compañía Spantax (un Douglas DC-3, con matrícula EC-ACX) despegó pasadas las 8:20 horas del viernes 16 de septiembre de 1966 del Aeropuerto de Los Rodeos(por aquella época no había sufrido accidente alguno este funesto aeropuerto) con destino a La Palma.

 Pero se acabó dando la peor emergencia que podía producirse en el DC-3 o en cualquiera de los modernos turbohélices: el embalamiento de una de las hélices. A partir de ahí, la tensión, los gritos y el miedo de unos pasajeros que creían que aquel iba a ser su final.

Fruto de tres años de trabajo, el audiovisual que ahora se presenta recoge todo lo que sucedió aquel día y se acerca a los testimonios de los protagonistas de lo que pudo acabar en tragedia. Todo ello gracias al trabajo de los alumnos de la Escuela de Cine y Televisión de Los Realejos, que con unos pocos medios y mucha ilusión han sido capaces de, incluso, recrear en tres dimensiones la caída al mar del aparato. El resultado general es un relato apasionante y de excelente factura técnica. 

La finalidad auténtica de la obra es rendir un tributo a la tripulación y, sobre todo, a los grandes olvidados: los pescadores norteños que rescataron a los pasajeros. Jugándose la vida. Porque muchos no sabían nadar y, aún así, se acercaron hasta el avión tan rápido como pudieron y, en algunos casos, llevaron sus embarcaciones al límite de su capacidad.

El pago que obtuvieron fue un agasajo en el Aeropuerto y 500 pesetas de la época; una recompensa, a juicio de algunos de ellos, insuficiente.

Antes de que los pescadores tuviesen que intervenir, aquel 16 de septiembre las cosas se habían complicado sobremanera. Al embalamiento de la hélice se unió la presencia de nubes y el emplazamiento entre montañas del aeródromo lagunero. El avión era un buen modelo, pero la circunstancia que se estaba produciendo impedía que volase. Entonces, el comandante comunicó a los pasajeros lo que ocurría y les pidió que se colocasen los chalecos salvavidas.
“Además de la dificultad de las nubes y de no chocar contra las montañas y otros obstáculos, tuvieron la suerte de que ese día estaba el mar como un plato y los pescadores trabajaban en esa zona.

 Porque como decía uno de ellos: ’Si el mar llega a estar malo, allí no hubiera habido nadie para salvarles”. La afirmación es de Jesús Miguel Piñero, piloto profesional, asesor histórico del documental y gran entendido en aviación. Según explica, este no ha sido el único amerizaje acaecido en el Archipiélago, sino que también se han dado otras caídas controladas al mar, especialmente de avionetas, así como la de un avión militar del que se salvaron todos sus ocupantes. Pero es el único de avión comercial con muchos pasajeros.

En el caso de El Sauzal sí que falleció un pasajero. Se llamaba Fernando Izquierdo y era de La Victoria. Ejercía allí como juez de paz y años antes había tenido responsabilidades políticas: fue alcalde. La intensidad del momento lo inmovilizó hasta el punto de que se aferró a la puerta de la aeronave y no la soltaba. Se acabó hundiendo con el avión mientras el piloto hacía lo posible por salvarlo.

El nombre del comandante era Eugenio Maldonado, a quien, lejos de ser reconocido como un héroe por las autoridades militares de la época, lo ocurrido con Izquierdo estuvo a punto de costarle la vida. Y es que la Ley Penal y Procesal de Navegación establecía pena de muerte para él si el pasajero hubiese sufrido un ahogamiento. Sin embargo, la autopsia determinó que le había dado un infarto, motivo por el que no abandonó el avión pese a los ruegos de todos los pasajeros que le arengaban desde los barcos.

No  tuvimos que permitir que fuera el último en saltar, fue un error producto de los nervios, no nos percatamos de que estaba muy nervioso, al borde de un ataque de nervios-comenta un superviviente.

El resto de pasajeros habían logrado subir a los pesqueros no sin apuros. Unos se dieron un monumental planchazo al tirarse al agua, otros se resbalaban continuamente al tratar de subir al barco. Fueron momentos de mucha tensión que ahora se recordarían entre risas si Izquierdo no se le hubiera parado el corazón hundiéndose mientras sus compañeros terminaban de subir a los barcos.

Si hubiera habido un experto nadador se le podría haber rescatado, pero aquellas nobles personas eran pescadores y no personal de salvamento marítimo. Pese a que el mar estaba calmado Izquierdo no pudo hacer nada para flotar en aquellas apacibles aguas.
Además de Maldonado (5.000 horas de vuelo, unas 3.500 en el DC-3), la tripulación la conformaban el copiloto Fernando Piedrafita (1.400 horas; 350 en DC-3), y una azafata, María del Carmen Vázquez. Junto a ellos, un total de 24 pasajeros.

Curiosamente, el piloto experimentaría a lo largo de su carrera profesional varios accidentes más, que logró resolver con maestría. Algunos de ellos fueron la explosión de un motor o la rotura del tren de aterrizaje, lo que le obligó a tomar tierra sin él. Pero nada en comparación con lo ocurrido en El Sauzal.

Prueba del dramatismo de lo sucedido aquel día son los testimonios que encabezan el tráiler de un documental presentado el 19 de septiembre. “Ese mismo día estábamos pescando mi hermano y yo y sentí un ruido, y le dije: ’Siento el ruido de un avión, pero no lo veo’. Cada vez se venía acercando más a nosotros”, evoca con cierta pasión uno de los pescadores.

 “El despegue era un poco fuera de lo normal, porque las nubes las teníamos en mitad de la pista y abajo del todo. Cuando ya el avión tenía unos 2.600 pies de altura es cuando se oyó un ruido muy fuerte y un bamboleo del avión hacia un lado”, relata el copiloto.

Parecidos con el Hudson
A grandes rasgos, lo ocurrido en El Sauzal y el mediático amerizaje sobre el río Hudson fueron muy similares. Uno sobre el mar y otro sobre un río; en uno el piloto fue considerado un héroe y al del otro casi le cuesta la vida. Pero, en esencia, en los dos casos se produjeron aterrizajes de libro sobre el mar.

Según la teoría, un amerizaje es el impacto sobre una superficie acuática de manera análoga a hacerlo sobre tierra. Para ello se necesita haber realizado un descenso en altitud, reducir la velocidad, aproximarse, planear e identificar el lugar del amerizaje, que también se puede llamar acuatizaje si es sobre ríos o lagos.

Si el de El Sauzal fue sobre el mar, el del Hudson se produjo sobre este río neoyorquino. En aquella ocasión, el aparato había despegado del Aeropuerto de La Guardia con destino a Carolina del Norte, al Internacional de Charlotte.

 Era un Airbus A320 del que sobrevivieron sus 150 pasajeros y cinco tripulantes, que supieron salvar la situación después del impacto de una bandada de pájaros canadienses en el fuselaje y los motores. Una vez sobre las aguas, y dado que eran las 16:00 horas, numerosas embarcaciones que estaban en ese momento en el río se acercaron a auxiliar a los supervivientes.

En ambos casos se trató de amerizajes no planeados, que son aquellos que se efectúan tras haberse detectado un problema de seguridad que compromete la integridad del avión –o de otro tipo de aeronave– y de sus pasajeros. Se suele apostar por esta alternativa cuando no hay otras opciones para realizar un aterrizaje seguro. También se utiliza este término para referirse a caídas al mar planeadas, como las de hidroaviones, helicópteros con elementos de flotación o cápsulas espaciales.

No obstante, la costa de El Sauzal y el río Hudson no son los dos únicos lugares donde se han producido amerizajes exitosos. Ya en 1956, un Boeing de Pam Am aterrizó sobre el mar al noreste de Hawai y sobrevivieron todos sus pasajeros. También los 52 ocupantes y tripulantes de un Tupolev Tu-124 se salvaron tras realizar esta misma maniobra sobre el río Neva. Dos años después del caso tinerfeño se produjo otro similar en la Bahía de San Francisco, en el que todos los viajeros salieron ilesos. 

Tenerife y los accidentes aéreos
Aunque el amerizaje del Douglas DC-3 tuvo un final que no fue plenamente feliz por la muerte de Fernando Izquierdo, pero que sí fue bastante positivo para lo que pudo haber ocurrido, lo cierto es que Tenerife ha tenido una especial vinculación con los accidentes de avión, casi siempre con un final desgraciado. Fue lo que ocurrió, sin ir más lejos, en el choque de los jumbos de KLM y Pan Am del 27 de marzo de 1977, el mayor accidente en la historia de la aviación y en el que fallecieron 335 de las 396 personas que viajaban en una de las aeronaves y las 248 de la otra.

A este suceso hay que sumarle el de un avión de Iberia con 49 pasajeros a bordo de los que solo sobrevivieron 19. Fue en 1965, el mismo año de la tragedia de un Spantax, del que murieron los 32 ocupantes. También un Convair 990 cayó sobre la pista al despegar en 1972 y murieron todas las personas que viajaban en él. Lo mismo ocurrió en 1980 con un Boeing 727 de la danesa Dan-Air. Una exhibición aeronáutica en 1984 se suma a esta desafortunada lista. Pero no siempre los accidentes terminan en tragedia. En la siguiente ocasión no fue así.

Un avión Convair Coronado 990 de la compañía aérea Spantax realizó a las cuatro de la tarde -hora canaria- de ayer un aterrizaje de emergencia, con éxito, en el aeropuerto de Gando (Gran Canaria). La maniobra se hizo sobre la pata derecha del tren principal del avión, al fallar la otra, y fue considerada como ejemplar por las autoridades de aviación, que permanecieron expectantes durante el desarrollo de la misma. Los 51 pasajeros que viajaban a bordo del avión en el vuelo B X 815 resultaron ilesos, al igual que los 7 miembros de la tripulación.

La nave de Spantax había despegado con toda normalidad, del propio aeropuerto de Gando, con destino al aeropuerto Reina Sofía, de Tenerife, para desde allí continuar hasta Sevilla, final del trayecto. Cuando se hallaba en la vertical del aeropuerto tinerfeño, el comandante del avión, Manuel Valverde, comprobó que la pata izquierda del tren principal no se abría y por tanto no podía aterrizar.

A partir de ese momento intentó subsanar la deficiencia agotando todos los métodos técnicos manuales, pero al no lograrlo decidió regresar a Gando cuyo aeropuerto "conoce al dedillo", según declaró su director, Andrés Calvo.

 En esta decisión también influyó el hecho de que en Gran Canaria se encuentra la base de reparaciones de Spantax. Según la nota oficial de esta compañía, el comandante Valverde -que tiene 11.000 horas de vuelo-, optó por volver a Gando "por razones de mayor seguridad". El avión aterrizó a las 16.02 horas, y en el viaje de retorno desalojó unos 12.000 litros de combustible.

Mientras, en Gando, a petición del piloto, se extendía sobre la pista una capa de espuma (mezcla de tutógeno y agua), a partir de los 800 metros del punto de contacto para favorecer el aterrizaje. "Hacia las 14.35 horas tuve noticias de lo que ocurría. Se dio la alarma y puse en marcha el plan de emergencia previsto para este caso. Todo estuvo listo en cinco minutos", declaró el director del aeropuerto.

El comandante de la nave, a quien acompañaba su hermano Fernando, también comandante, posó el avión sobre el colchón de espuma, en un alarde de pericia, apoyándose sobre la pata derecha del tren principal, que es la forma más limpia, logrando una operación impecable.

 "Prueba de ello es que el avión sólo presenta algún desperfecto en la turbina número 4. Su panza no sufrió ningún daño. Siempre he creído que los aeropuertos españoles ofrecen un nivel de calidad técnica de primera fila mundial", agregó Andrés Calvo.

El modelo de avión Convair Coronado fue construido en los años 60 y está actualmente retirado del servicio en casi todas las compañías que lo poseen. Spantax tiene ahora 12 de estos aparatos, de los cuales seis no se utilizan más que para sacar para los demás piezas de repuesto.


Solamente Roberts sobrevivió al desastre aéreo. Sufrió heridas muy graves

Dejó el fútbol y pensó: "Lo más seguro era el tabaco".

Les quería contar la historia de Oscar Miñambres, muy pocos se acordarán de él porque aunque ganó dos ligas y una Champions League con el Real Madrid a principios de este siglo su carrera se vio truncada cuando sólo contaba con 26 años. “Si al menos hubiera podido jugar hasta esa edad, desde la lesión que tuve a los 23 años mi carrera fue un auténtico calvario, sólo pude jugar un puñado de partidos amistosos y unos pocos de liga y copa”. Luego me volví a lesionar y ya sólo jugué un partido antes de colgar las botas”.
Después de esa segunda lesión se desvinculó del Real Madrid y lo intentó en el Hércules, aunque jugaba en segunda por aquel entonces el equipo alicantino, Oscar no vio inconveniente alguno, lo que necesitaba era jugar y no importaba que fuera en segunda.
 De hecho admite que no le hubiera importado tener que jugar el resto de su carrera en segunda pese a todo lo que había ganado en sus primeros años. Con poder seguir jugando como profesional le bastaba. Pero no hubo forma por más que lo intentó una y otra vez. Al menos se quedó con la conciencia tranquila de haber luchado hasta el final y sabiendo que nadie puede pensar que lo dejó porque no tenía ofertas de grandes equipos.
Para los que no le vieron jugar o ya no se acuerdan de él solo decirles que fue un lateral habilidoso que le gustaba subir la banda para meter buenos centros. Su estilo de juego era similar al de Marcelo, quien sabe si de no haberse lesionado podría haberse erigido en titular indiscutible del equipo blanco como hizo el carioca. Les dejo con la entrevista que le hizo un conocido diario español:
Oscar llega al restaurante en un Mini. A trabajar va con un scooter. Le encantan los motores: fórmula 1, rally y motos. "Soy muy de Dani Pedrosa, un tío humilde, mucho más que otros de la parrilla. Yo de pequeño soñaba con ser piloto", dice. Finalmente, Óscar Miñambres fue futbolista. Le duró demasiado poco.
Jugó en el Madrid de los galácticos,pero una grave lesión de rodilla le hizo pasar por un calvario de tres años hasta decir basta. Con 26 renunció al fútbol y a su dinero. Ahora es estanquero en Móstoles y tiene una ITV en Illescas, mitad suya y de un par de amigos y mitad de una empresa que consiguió el crédito. "Llevaba un año en el que solo corría. Quería jugar y me fui al Hércules, un club de Segunda, con toda la ilusión del mundo. Llego allí y, después del primer entrenamiento, veo que la rodilla se inflama. El segundo día, igual.
Al tercero me dije: 'Por más que lo intente no hay manera'. No podía ni entrenarme, lo intenté unos días más, el entrenador y mis compañeros me animaban para que no claudicara y siguiera entrenándome pero no había manera. Fueron días duros hasta que me reuní con el presidente del club y le expliqué mi situación. El presi lo entendió y llegamos a un acuerdo para rescindir mi contrato", recuerda ahora mientras come un trozo de tortilla.
Era 2006. "Dejar el fútbol significa también dejar de ingresar dinero", cuenta. Lo interrumpe un camarero que quiere un autógrafo. "Es para mi hijo, está en Colombia, y todo lo que sea Real Madrid...", le dice. Miñambres tenía una promoción de pisos en Toledo pero, como tantos otros, se topó con la crisis. "Media estructura lleva dos años y medio parada... Lo pasamos mal, pero tienes que buscarte trabajo mientras te preguntas que hubiera pasado si hubiera continuado entrenando con el Hércules.
 Yo no quería trabajar por cuenta ajena, me iba más ser empresario, quise montar una ITV, pero no nos concedían un crédito. Pensé entonces que lo más seguro en tiempo de crisis era el tabaco", cuenta. Compró una licencia y ahora tiene su estanco en Móstoles.
Se levanta todos los días a las ocho de la mañana, vuelve a casa a comer y luego vuelve a trabajar hasta las ocho de la tarde. Le ayuda su mujer. "Suele ir algunas tardes. Por ejemplo, hoy voy a jugar al tenis y se queda ella en el estanco. Si estoy dos días sin hacer deporte me falta algo. Siempre me gustó el tenis y desde que me retiré del fútbol es el deporte que más practico".
Miñambres hace ahora la vida de un trabajador cualquiera. Lejos quedan los tiempos galácticos. Se había comprado una casa en Boadilla. "La que siempre quisimos tener. La tuvimos que vender porque era muy cara y ya no tenía los ingresos de cuando jugaba en el Madrid ([tiene dos hijos, de 4 y 2 años] así que nos hemos ido a vivir de alquiler. Cuando se estabilice la cosa compraremos una. Tal vez no en el mismo vecindario ni en ningún otro donde vivan futbolistas y banqueros pero al menos una propiedad que nos proporcione cierto confort", cuenta.
Come despacio. Y siempre está sonriendo. "No sé si me he arrepentido. Podría haber aguantado hasta que la rodilla hubiese hecho crac de nuevo, pero estoy convencido que tarde o temprano me hubiera vuelto a lesionar y me hubiera tenido que retirar. Era una cuestión de tiempo, no sé decir si de tres meses, cuatro o cinco, pero no había forma de recuperarme de manera definitiva. Pero vete a saber cómo se habría quedado mi rodilla de seguir jugando. Por aquel entonces tenía otras expectativas lejos del fútbol. Lo que no me esperaba era que llegara la crisis", recuerda.
Ha pasado de viajar cada dos días con el equipo -"los hoteles y las concentraciones me mataban"- a tener que organizar su vida en función del horario de trabajo. "Hay normas estrictas, no puedes decir 'hoy me pillo libre' porque si no los clientes dejan de venir a mi estanco y luego es muy difícil recuperar a la clientela perdida. Y yo que cuando jugaba me quejaba de viajar y de estar siempre fuera... los futbolistas nos quejamos por vicio. Cualquier otro trabajo es igual de duro y se gana mucho menos".
Una vez a la semana hace una escapada a la ITV de la que se encargan dos amigos suyos. Juega al tenis y lo sigue por la tele. Cuando puede se escapa a Montmeló, Cheste y Jerez a ver motos y fórmula 1. No pide café y termina de beber tranquilamente su aquarius.¿No ve fútbol? "No. Hace cuatro años y medio que no piso un estadio. Veo unos pocos partidos al año por la tele, los derbis y a veces ni eso. No más. Me duele aquello de no saber hasta dónde habría podido llegar. Pero no es un arrepentimiento de la decisión que tomé en 2007, si no de lástima por ver truncada mi carrera por un motivo tan ajeno y a la vez tan cercano a mí, como es mi rodilla".


viernes, 14 de agosto de 2015

Relato corto: La promesa.

Sentado en un duro banco de piedra en medio de una calle atiborrada de gente arrebujada en sus abultados abrigos recuerdo mi promesa, me lo prometí y voy a cumplirlo aunque se me congelen las nalgas en este humilde pedestal en el que me hallo. Tal vez venga un policía y termine en la cárcel por desacato, o quizás vengan algunos desaprensivos niñatos con ganas de gresca y me peguen por considerarme un mendigo que ensucia las calles de su ciudad.

Pero dije que iba terminar el día de Navidad tirado en la calle bebiendo y fumando marihuana hasta reventar y cumpliré mi promesa. Vaya que la cumpliré,  fumaré y beberé hasta no poder más, hasta caer doblado. No me importan las consecuencias, lo haré aunque caro me cueste.

Con un bote de fanta cortado a la mitad pido limosna desde el pintarrajeado banco de piedra en el que poso mis nalgas. En la quietud de la noche me hallo inmerso, los viandantes hace tiempo que abandonaron la calle desierta en la que me encuentro ensimismado en mi soledad. Carece de objeto seguir pidiendo dinero en un lugar tan vacío como este.

No sé para qué diablos pido limosnas si a estas intempestuosas horas sólo pasan mendigos, prostitutas, vagabundos, ladrones y personas de mal vivir. Pero qué más da, si el objetivo es salir de la mierda habrá que revolcarse en ella previamente como requisito ineludible.

El frío es insoportable y desde hace un buen rato las hormigas están empeñadas en castigarme por haber mal intencionadamente invadido su territorio. Quieren vengarse de mi osadía convirtiéndome en su alimento. Pero yo se que en cuanto me muerdan y sientan el sabor amargo de mi desdicha y del estado catatónico en que me hallo huirán despavoridas y gritarán iracundas maldiciendo mi nombre y el momento en que fueron a dar conmigo.

Llamarán a sus acólitas, cubrirán sus cabezas y antenas antes de regresar a su madriguera malheridas por la peste hedionda que destila mi triste ser.

Relato corto: Deformaciones Cutáneas.


Vivimos en un mundo donde la belleza física parece serlo todo. Fuente del éxito profesional y personal. Por eso la historia de Ernesto del Tiesto parece ser tan rocambolesca como su nombre artístico.

Ernesto era un actor de cine que protagonizaba papeles de chico guapo. Al principio disfrutaba de su trabajo pero pronto fue encasillado y sólo recibía papeles secundarios muy de vez en cuando.
Su carrera artística había entrado en declive y esto minaba su moral y le ofendía. Pese a ello era feliz, pues tenía dinero y mujeres para parar un tren.

Su vida amorosa era un auténtico caos. Las mujeres se iban tan pronto como venían. No era capaz de encontrar a su media naranja por más que conociera a más y a más mujeres.
Pese a todo Ernesto se sentía un hombre afortunado por su cara bonita, por lo abultado de su cuenta corriente y por dedicarse a lo que más le gustaba hacer, actuar.

Hasta que en un día se levantó del catre y observó que tenía unos bultos muy extraños en cabeza y cuello. Pensó que se trataba de paperas y no se preocupó en demasía, pues Neymar había pasado por esa enfermedad y en dos semanas se encontraba metiendo goles con tanta soltura como antes de padecer la enfermedad.

Pero al poco de llegar a la consulta se dio cuenta de que su extraño mal no tenía un diagnóstico tan sencillo. El dermatólogo no le supo decir que tenía, tan sólo le dijo que no eran paperas y que tenía que someterse a más análisis.

Ernesto regresó a su casa cabizbajo y taciturno deseando que lo que le había ocurrido fuera producto de un mal día y que sus problemas se resolvieran al despertar. Más no fue así y al despertar fue corriendo al espejo y allí pudo comprobar cómo sus deformaciones cutáneas no habían hecho sino que aumentar.

Su estado anímico se fue a pique, unas extrañas e inquietantes bolas de grasa le habían surgido de entre los pómulos. Aquello no era moco de pavo y debía tratárselo antes de que aquel extraño mal que le aquejaba  fuera en aumento incorporándose por otras partes de su anatomía. Ese mismo día se dirigió al hospital.

Ernesto del Tiesto tuvo que sobreponerse al hecho de ver invadida su privacidad. Su anatomía fue violentada por toda clase de objetos punzantes y no punzantes que minaron su autoestima.
Agujas en la cabeza, jeringas en los brazos, bisturís en la zona abdominal y escalpelos en el tórax le hicieron sentir miedo y angustia durante un buen rato. Pero aquello no fue nada en comparación con la horrible sensación que experimentó cuando le introdujeron un tubo por el ano que llegó hasta lo más profundo de su recto.

Eso fue la gota que colmó el vaso, la situación había pasado de castaño a oscuro e iban a rodar cabezas como no encontraran la cura a sus males.
Un sudor frío le recorrió la cerviz cuando le obligaron a defecar en un recipiente bajo la atenta mirada de enfermeras y especialistas. Antes le habían obligado a miccionar en un vaso que se llevó una mujer para examinar en el laboratorio.

Defecar en esa situación no era tarea fácil, aquella tarde ante tanta mirada indiscriminada Ernesto se sentía cohibido e incapaz de exonerar el vientre. No había manera, tenía el vientre encogido y tuvo que tomar varios laxantes antes de poder evacuar.
A la mañana siguiente pudo expulsar por su recto los centenares de gramos de basura que albergaba su intestino grueso.

Para poder exonerar el vientre tuvo que mostrar sus nalgas a una docena de enfermeras y a un par de especialistas que le contemplaban con el semblante serio como si estuvieran mirando a un paciente contagiado de ébola.

Su ira no paraba de crecer, se barruntaba para que le servía poseer tanto dinero si tenía que pasar por una situación tan desagradable como aquella, ¿por qué diablos se encontraba en ese lugar dónde no encontraban la cura a su desdicha?

Lo que no sabía Ernesto es que sus problemas no habían hecho sino comenzar. Cuando llevaba tres horas en la sala de espera llegó el doctor y le conminó a acompañarle a su despacho para explicarle lo que habían averiguado. Una vez dentro de la pequeña sala, el doctor le contó en voz baja que lamentablemente no habían podido descifrar cual era el antídoto contra sus malformaciones cutáneas.
Según palabras textuales del facultativo, “no existía tratamiento médico para aquellas extrañas protuberancias cutáneas”.

Su enfermedad no tenía cura, la paciencia de Ernesto se agotó tan rápido como se agota la batería de un móvil viejo. Comenzó a pegar patadas a las sillas, lanzó archivadores, libros y holders de las estanterías mientras maldecía a voz en grito al doctor y a las enfermeras que enseguida llegaron para socorrer al desdichado facultativo.

Ernesto salió corriendo por los vastos pasillos del hospital hasta llegar al laboratorio donde analizaban la orina. Una vez allí dentro se hizo fuerte y lanzó por la ventana medicamentos, pateó orinales y abrió las muestras de orina para verter su hediondo contenido en las batas de las enfermeras que le salían al paso.

Numerosos médicos trataron de reducirle, hasta el personal de limpieza colaboró en la difícil tarea de reducir a un encolerizado Ernesto al que sólo le faltaba subirse por las paredes. Continuaba dando manotazos, codazos y patadas a todo aquel que se le pusiera enfrente.
Luego de mucho esfuerzo, de múltiples carreras y de varias escaramuzas lograron reducirle no sin antes aplicarle un par de tranquilizantes. Para entonces las batas de médicos y enfermeras apestaban a orine.

El director de la clínica le dijo que no se le ocurriera volver a pisar el recinto hospitalario en lo que le quedaba de vida. Ante las palabras amenazantes de aquel sujeto Ernesto tomó un taxi y se dirigió al aeropuerto de Barajas sin pasar por casa.

Con lo puesto y sin maleta sacó un billete aéreo y luego embarcó en un vuelo de British Airlines que le llevó hasta Londres. Una vez en tierras inglesas abordó un taxi que le llevó hasta la consulta de un prestigioso dermatólogo que le había recomendado un compañero de profesión.
Pero la manera de trabajar de este señor le sacó más si cabe de sus casillas, pues le realizó las mismas prácticas ofensivas y degradantes que le habían practicado en Madrid a parte de otras igual de lesivas y atentatorias contra su intimidad.

Fue introducido en cavidades hiperváricas, amarrado de brazos y piernas y con una enorme bola roja en la boca para evitar que se mordiera. De esa guisa fue tratado y sometido a análisis tras análisis.
Como estos no dieron resultado volvió a ser examinado ante enfermeras y médicos que fruncían el ceño en señal inequívoca de que se encontraban ante un paciente con extrañas anomalías al que no sabían tratar.

Fueron cuatro días de hostigados reconocimientos médicos que cercenaron la frágil moral de Ernesto. Hasta que en la mañana del quinto día dijera basta y decidiera retornar a España.

Los reconocimientos y exámenes médicos no habían arrojado luz a su extraña enfermedad y esto le hizo claudicar y buscar remedio de una manera tan bizarra como efectiva.
Se puso en manos de curanderos y tarotistas que le sacaron la plata sin que sus males desaparecieran. Incluso siguió las consignas de un brujo que le preparó un brebaje que sabía a excremento de burro y ni por esas se fueron sus malformaciones.

No más humillaciones, no más vejaciones, se juró que nunca más se sometería a análisis médicos y que a partir de ahora dejaría de ser el guapo de la película para convertirse en el villano, en el malo e incluso si hacía falta en el jorobado de Notre Dam.
Su asesor de imagen se echó las manos a la cabeza cuando le escuchó decir aquello. Su trabajo como estilista de Ernesto había concluido.

Paradójicamente la carrera de Ernesto experimentó un ascenso impensable meses antes. Protagonizó varios papeles de villanos que fueron éxitos rotundos de crítica y público. Ganó un oscar como actor protagonista en el remake del Jorobado de Notre dam.
Quien le iba a decir al bueno de Ernesto que sus palabras se iban hacer realidad. No sólo hizo de jorobado sino que le sirvió para encumbrarse como el mejor actor del año. Lo que nunca había logrado con su cara bonita lo logró con su cara deformada por las extrañas protuberancias cutáneas que invadieron su cara.

Ernesto dejó de ser un frugal Casanova para convertirse en un padre de familia. Encontró a una bella mujer con la que contrajo matrimonio y con la que engendró cuatro hermosas criaturas en los siguientes años.

Junto con su mujer y sus cuatro vástagos Ernesto continuó su carrera como cineasta cosechando éxitos de crítica y público.

viernes, 7 de agosto de 2015

El viaje de Bahía Bakari.


                        El Viaje de Bahia Bakari.

De todas las historias de supervivientes de accidentes aéreos esta es la que más me ha impresionado por varios motivos. Primero porque era una niña pequeña, segundo porque aguantó un montón de horas en medio del océano agarrada a un trozo de ala de avión sin rendirse ante el frío, el cansancio y la angustia de haber perdido a su madre. 

Y por último porque no tenía el apoyo de ninguna otra persona, pues todos habían fallecido y no había ningún indicio que hiciera presagiar que fuera a ser rescatada. Bahia que apenas había aprendido a nadar en una piscina temía que el ala se hundiese y tuviera que tratar de flotar en medio del océano. Le habían enseñado a hacer el muerto para no hundirse, pero en el mar era mucho más complicado que en la piscina.

Con todas estas condiciones adversas no decaer en su empeño de salvar su vida era casi imposible, y por ende haberse sobrepuesto a todos esos inconvenientes la convierten en toda una heroína. A su lado Catwoman es una secundaria muy secundaria. Comienzo sin más preámbulos a relatar la historia de esta niña francesa:

 El 30 de junio de 2009, a las cuatro de la mañana, un avión a punto de aterrizar que viajaba desde Yemen a las islas Comoras se estampó contra el océano Índico, a una treintena de kilómetros del aeropuerto de la ciudad de Moroní, con 153 personas a bordo. Sólo hubo una superviviente: Bahia Bakari, una adolescente francesa que ahora tiene 14 años, muy tímida, buena estudiante y habitante de la periferia parisiense, que segundos antes de que el avión se despedazara al estrellarse contra el agua, buscaba, inclinada sobre la ventanilla de su asiento, las luces de la costa.

-Hubo una turbulencia y miré a mi madre que me protegió contra su regazo, yo me acurruqué y luego sentí una descarga eléctrica por todo el cuerpo y perdí el sentido. Después me vi ya dentro del agua.
"Oí gritos de varias mujeres que pedían socorro cerca de mí. Me fijé por si venían a rescatarlas y luego a mí"
"Oí que me gritaban 'ven' o 'por aquí', pero yo no podía hacer nada, no tenía fuerzas ni para levantar la mano"
"No pensé demasiado al principio. Por la noche no reflexioné mucho. Tan sólo tenía miedo de una cosa: de los tiburones"
"Todo se quedó en silencio.  Cuando salí al agua observé cuatro trozos del avión. Elegí uno que tenía una ventanilla y ahí me quedé esperando encontrar a otras personas, por ser el trozo de avión más grande que quedaba decidí quedarme en él"
"Creí que era la única en salir del avión. Que me había caído por la ventanilla y que tal vez mi madre y otros pasajeros estaban vivos en otra parte del avión"

Pero pasaban las horas y ni rastro de nadie. El silencio era sepulcral en esa zona del océano Índico, tan sólo el leve sonido del oleaje interrumpía el llanto desconsolado y amargo de Bahía. Miró al cielo y contempló como en el cielo azul turquesa sólo había unas pocas nubes, ni un mísero pájaro surcaba los cielos. Era señal inequívoca de que estaba muy lejos de la costa y que por tanto el rescate se iba a demorar.

Los gritos de algunas mujeres que había escuchado tras el amerizaje se habían apagado. No habían sido una alucinación porque esas personas le habían contestado indicándole la manera que tenía de llegar a ellas. Pero Bahía no pudo siquiera ver su rostro porque una montaña de maletas, asientos, y de hierros la impedían cruzar una suerte de trinchera que se había formado en medio del pasillo de lo que quedaba de fuselaje.

De repente el avión comenzó a llenarse de agua, entré en pánico porque tenía que encontrar una salida o sino moriría ahogada. Me desabroché el cinturón y comencé a caminar a cuatro patas en el sentido del que venía el agua. Caminaba despacio evitando pincharme con los hierros que había en el suelo y en los costados.

Luego noté como el fuselaje perdía inclinación y comenzó a entrar mucha más agua, por fortuna estaba a unos cuatro o cinco metros de la parte del avión abierta y pude salir nadando. Si hubiera tardado un poco más en salir tal vez hubiera muerto en el intento de bucear hacia la salida, pues el pasillo era largo, se me hizo eterno con tantos equipajes y tantos escombros dificultándome la salida.

Una vez fuera me subí a un ala que por fortuna no se hundió, había otros tres pedazos que tardaron mucho en hundirse, fueron varias las veces que sentí ganas de nadar hasta esos pedazos para ver si había algún superviviente, soñaba con encontrar a mi madre en alguno de esos sitios pero me sentía aterrada por lo que había ocurrido, el temor me impedía moverme de dónde estaba, me paralizaba los pies.

Cuando se me pasó el nerviosismo quise nadar pero entonces surgió el miedo de ser atacado por los tiburones, así que decidí no moverme, nunca había nadado en alta mar y sabía que era muy peligroso. Por otro lado como no escuchaba ruidos y no veía a nadie pensaba que era una tontería moverme de mi refugio, hubiera sido un riesgo muy grande, yo sólo sabía nadar en piscina, no en el océano.

Bahia, delgada, aparentemente frágil, cuenta su milagrosa historia con un hilo de voz, pero sin titubeos, sentada en la lavadora de la cocina de su casa de Corbeil-Essonnes, una localidad situada a una veintena de kilómetros de París.

Al principio no tiene ganas de volver a recordar el accidente, el rescate a manos de un pescador, la muerte de su madre, las largas horas en soledad pasadas en medio del océano agarrada a un trozo de avión que se balanceaba peligrosamente al ritmo de las olas...

Pero luego se anima explicándose cosas a sí misma y acaba sonriendo a veces. Su padre, Kassim Bakari, de 42 años, se encuentra al lado, atento a lo que dice su hija, a las reacciones de su cara, protegiéndola de todo, como ha hecho desde el día en que se enteró por un telefonazo urgente de que, tras haberla dado por muerta junto a la madre, su hija había sobrevivido al accidente.

-Acuérdate, papá, de que hoy tenemos un cumpleaños y hemos dicho que vamos a ir.
-Sí, Bahia.
El piso, de tres habitaciones, es modesto pero está cuidado y limpio. Al fondo se escuchan las voces de los juegos de los tres hermanos de Bahia, todos más pequeños que ella. El padre, que ha trabajado toda la vida de transportista, acaba de llegar en autobús de hacer la compra en el centro comercial de la ciudad. Mira a su hija y escucha su relato en silencio, sin intervenir apenas, con un punto de orgullo en los ojos.

Todo empezó un 29 de junio, cuando Bahia y su madre Aziza salieron de casa en dirección al aeropuerto parisiense de Charles de Gaulle para acudir a una boda muy lejana. El destino final del viaje era las islas Comoras, la tierra de origen de la familia, el lugar en el que nacieron el padre y la madre de Bahia en la década de los sesenta.

Los 1.300 euros de cada billete obligaron a la familia a dividirse, el padre decidió que volaran sólo su mujer y su hija mayor en representación de los Bakari para acompañar a un tío suyo que se casaba en una semana.

Llenaron una maleta entera con regalos franceses; otra con ropa de verano. Desde París volaron hasta la ciudad de Marsella; de Marsella, en otro avión similar, a Sanáa, en Yemen. Allí, la compañía Yemenia Airlines les cambió de nuevo de avión para la última parte del viaje.

El aparato, un viejo Airbus 310, sin permiso desde 2007 para volar en Europa por determinadas irregularidades detectadas por las autoridades aeronáuticas francesas y confinado a trayectos africanos menos exigentes, constituía lo que los comoranos, acostumbrados a esa compañía aérea, denominan "aviones basura" o "aviones ataúd". Bahia lo describe a su manera:

-Olía mucho a váter. Y había moscas dentro.
En un principio, a Bahia le correspondió un asiento situado lejos de su madre. Tras hablar con las azafatas, pudo cambiarse y sentarse junto a ella, al lado también de la ventanilla.

-No noté nada especial en el vuelo. Estaba muy cansada, muy aburrida. Llevábamos más de 14 horas de viaje desde París, en tres aviones distintos. Tenía muchas ganas de llegar.

Recuerdo que me levanté para ir al servicio, que volví, que me senté y que las azafatas dijeron entonces que nos preparáramos, que íbamos a aterrizar ya. Ellas se sentaron en sus sitios y se ataron los cinturones. Las noté tranquilas. Yo me até el mío. Recuerdo perfectamente que me lo até. Miraba por la ventanilla, muy inclinada sobre el cristal, para descubrir las luces del puerto...

Entonces oye un ruido insoportable parecido al que hace una tela al rasgarse. Siente una suerte de aspiración gigante y una descarga eléctrica en su sistema nervioso que la deja inconsciente. El avión acaba de estrellarse en el mar sin que aún se sepa exactamente por qué.

Nadie ha dado aún con las causas de este accidente, todavía con un juicio pendiente.
Bahia despierta y recuerda muy vagamente como salió del avión. Ya en el agua bucea, sale a flote. Tose, escupe, grita. Nada unos cuantos metros gracias a los conocimientos de natación de las clases de piscina del instituto. No recuerda el momento de caer, no recuerda el golpetazo contra el mar. Tan sólo el hecho de gatear hasta que el agua lo comienza a inundar todo y se ve de pronto debajo de las olas.

-Oí gritos de varias mujeres que pedían socorro cerca de mí. Me fijé por si venían a rescatarlas y luego a mí. Pero no pude orientarme. Luego todo se quedó en silencio, entendí que las mujeres se habían ahogado. Vi cuatro trozos del avión a mi lado. Elegí uno que tenía una ventanilla porque era el más grande.

Trata de subirse a él, pero la plancha de metal no tiene superficie suficiente y se desliza por debajo de ella, a punto estuvo de acabar hundiéndose. Se resigna a quedarse recostada, con la cabeza y el torso apoyados en la plancha pero con las piernas sumergidas. Nota que el mar sabe a gasolina.

 No repara en el queroseno que la rodea, liberado por el avión tras el accidente. No hay fuego, ni llamas, ni luces cerca o lejos, ni luna en el cielo. Bahira recuerda una noche cerrada y silenciosa en la que acaba de ingresar de golpe sin comprender aún cómo.

Imagina tontamente la maleta llena de regalos para los parientes de la boda hundida en el mar. Siente que le duele el ojo izquierdo, que le pesan las piernas, que los pantalones vaqueros y los botines se han convertido de pronto en una condena, que no puede mover el cuello hacia la derecha, que le duele la cadera.

-Al principio no pensé demasiado en lo que me había pasado. Por la noche no reflexioné mucho. Tan sólo tenía miedo de una cosa: de los tiburones. Como olía a queroseno pensé que no se acercarían pero cuando cayó la noche entendí que tenía que subirme a esa pieza o podrían morderme.
Pero no consigue sacar por completo los pies del agua, cuanto más lo intenta más se resbala. Trata de no dormirse porque también tiene miedo de soltarse de la plancha y hundirse. Pero no puede evitarlo y se adormece, brutalmente agotada, sin haber pensado aún mucho en lo que le acaba de ocurrir.

Es entonces, mientras su hija flota de noche en medio del océano subida a un trozo del avión con ventanilla, cuando su padre, Kassim, recibe la primera de las llamadas angustiosas de esas horas. En París son entonces las tres de la madrugada, dos horas menos que en las islas Comoras.

 Una amiga francesa le pide que ponga la televisión en ese momento. Él obedece. Cambia de cadena, una detrás de otra, al no encontrar nada interesante: entonces repara en la leyenda roja de alerta que luce un canal de noticias, que informa en un teletipo escueto de que un vuelo de Yemenia Airlines con destino a Moroní ha desaparecido de la pantalla de los radares hace poco más de una hora.

 Permanece imantado a la televisión hasta que amanece. Entonces decide llevar a sus tres hijos pequeños a casa de su hermana y encerrarse en su domicilio a la espera de noticias. Hay familiares que acuden al aeropuerto, bloqueado por un grupo de hombres indignados también originarios de las Comoras que protestan por el estado de los aviones en que les obligan a viajar a Moroní.

Mientras, en la parte del mundo en la que Bahia vaga a la deriva, entre las islas Comoras y el continente africano, ha amanecido hace tiempo. Milagrosamente, Bahia, la adolescente delgada y de apariencia frágil, no se ha desprendido del trozo de avión que le sirve de balsa a pesar de su semiinconsciencia. No sabe cómo lo hizo, cómo lo consiguió: pero sigue viva, abrazada a la plancha metálica con ventanilla. Aún tiene en la boca el sabor metálico de la gasolina. Siente que hace mucho frío, cada vez más. La brisa cálida del día es muy fría por la noche y también lo es a primera hora de la mañana.

Entonces, a la luz de la mañana, auxiliada por cierta lucidez que le aporta el haber dormido y descansado algo, Bahia descubre por segunda vez la soledad más absoluta que se puede llegar a sentir. El tiempo parece detenido en ese lugar desde el cual no se puede divisar tierra ni vida animal. Al menos no hay presencia de tiburones, es la única buena noticia con la que se encuentra Bahía mientras continua aferrada a los restos del avión en medio del océano.

-Pensé que yo era la única que había salido del avión. Que tal vez por inclinarme tanto para ver cómo aterrizaba me había caído, no sé cómo, a través de la ventanilla. Pensé que mi madre debía de estar muy preocupada en el aeropuerto, con los otros pasajeros, sin saber dónde estaba yo, por dónde andaba.

Pero entonces divisaba los restos del avión y volvía a comprender que había sido un accidente de todo el avión, quería pensar que había caído sobre otro avión siniestrado, que el mío había llegado al aeropuerto. Cuando recordé las voces de las mujeres que pedían socorro, que yo había oído por la noche, pensé que las había soñado, que eran una pesadilla. Era difícil saber lo que era un sueño y lo que no.
Con el amanecer, las islas Comoras se han movilizado para acudir al rescate de las víctimas del accidente. También Francia que, desde la cercana colonia de la isla de Mayotte, ha enviado aviones de reconocimiento. Hay buques militares, viejos barcos de pescadores que salen en ayuda de las víctimas a pesar de que el mar se encrespa cada vez más, a cada minuto.

 Los patrones llevan anotadas las coordenadas servidas por los aviones que ya han rastreado la zona y aseguran haber visto restos del Airbus. Todos saben que no hay mucho tiempo: las corrientes marinas, lejos de avanzar hacia la costa de las islas Comoras, lo empujan todo en dirección contraria, hacia Tanzania, a una velocidad constante de 80 kilómetros en un día. Esto significa que la carrera no es sólo contra el temporal que parece echárseles encima, sino contra el reloj.

Bahia, a su manera confusa e instintiva también se da cuenta de eso: comprueba que la costa verde que al principio de la mañana descubrió al frente ahora no la alcanza a ver, mire hacia donde mire el panorama es el mismo, sólo ve agua por sus cuatro costados.

En las horas que ha permanecido en el agua se ha ido alejando paulatinamente de la costa cada vez más sin que pueda hacer nada por impedirlo hasta que finalmente ha desaparecido de su vista. Por la tarde la veía lejana y cuando salió el sol no había ni rastro de la costa, se había desvanecido hasta tal punto que Bahía no recordaba si era un espejismo o la realidad.

 Con ese panorama tan desolador Bahía comienza a perder las fuerzas, tiene hambre, sed y un cansancio que le hace pensar que se puede dormir y despertar bajo el agua a punto de ahogarse.

Para colmo de males le duelen los brazos de estar aferrada durante tantas horas al mismo objeto. Ya ni siquiera bracea para cambiar de postura y relajar los músculos de sus antebrazos. Las piernas se le han vuelto de plomo y comienzan a dolerle. El ojo izquierdo no ha dejado de darle pinchazos en ningún momento. Le empieza a doler también la cadera a cada movimiento. Sigue sin poder torcer el cuello.

 La sed se acrecenta cada vez traga agua salada, esta sabe diferente a la de las playas francesas donde se ha bañado en otras ocasiones. Tiene un sabor a queroseno que no se termina de diluir pese al transcurso de las horas. A consecuencia de la creciente envergadura y violencia de las olas cada vez injiere más agua y siente que va a morir deshidratada.

 El hambre también aflora, su última comida fue un pollo indigesto y una ensalada de muy mala pinta que les ofrecieron en ese avión de saldo y que su madre le obligó a comerse por entero. El balanceo de la plancha en la que vaga sujeta es más pronunciado. Cada hora que pasa es más difícil evitar que el mar la devore debido a su propia debilidad y al ajetreo del mar, cada vez es mayor el oleaje, una creciente brisa y el cielo encapotado parecen avisar que una tormenta se avecina.

A Bahía no le da miedo que pueda desencadenarse una tormenta, no le dan miedo los rayos ni los truenos, y tal vez pueda abrir la boca y tragar unas cuantas gotas de lluvia que le puedan quitar el sabor salado del agua de mar.

Mientras pasan las horas sin que la tormenta descargue Bahía comienza a pensar que no va a poder ser salvada. Hasta ese momento siempre fue positiva y creyó que la iban a rescatar. Pero el transcurso de las horas y su creciente debilidad le hacían pensar en la manera en que moriría. Tal vez de sed, tal vez de frío, o quizás sus brazos no aguantasen más y moriría ahogada.

Existían otras posibilidades más rocambolescas como morir por las mordeduras de un tiburón, al ser alcanzada por un rayo o por insolación, esta última idea era más bizarra pues el cielo estaba nublado y para cuando volviera a salir el sol con fuerza en los días siguientes ya estaría muerta de seguir allí.

No tenía muy claro de que moriría pero en lo que no tenía tantas dudas era en que de no ser rescatada no aguantaría más de 24 horas más. Fantaseaba con la manera en que sería rescatada, por un helicóptero, por una lancha de salvamento marítimo, por un pequeño yate de turistas, por un crucero enorme tipo Titanic o por una barcaza de pescadores. Le daba igual, pensar en aquellas cosas le ayudaba a evadirse del terror y del miedo que le acechaba a cada rato en que pensaba en su inminente muerte.

-Oía aviones. Luego me he enterado de que siempre era el mismo avión, que recorría la zona en busca de supervivientes. Pero yo no lo sabía. Creí que eran aviones diferentes, que simplemente pasaban por ahí.
Hay decenas de barcos que buscan por el área acotada. Algunos encuentran cadáveres, restos del avión que flotan a la deriva. A bordo del pesquero Hishima, un marinero llamado Líbouna Selemaní descubre algo encima de una plancha de metal que navega a unos centenares de metros de su posición. Se sirve de sus binoculares para ver mejor de que se trata. Es una persona pero no puede saber si está viva o está muerta.

 El potente oleaje le despista, pero luego vuelve a ver el trozo de avión con un bulto que es una persona humana. Da la voz de alarma, grita al cuerpo que se balancea a lo lejos para que haga una señal con los brazos. Pero Bahía no escucha nada y sigue aferrada a su trozo de avión sin saber que han llegado para rescatarla.

 El pescador se acerca aun más y termina arrojando un salvavidas que se queda flotando cerca de ella pero sin que Bahía se percate de ello. Pasa un minuto que se hace eterno, Bahía  permanece encima de la plancha sin molestarse en voltear la cabeza para mirar. El pescador tiene la impresión de que la persona que va a socorrer está muerta. Pero como sigue aferrada al avión le hace pensar que tal vez esté semi inconsciente.

-Oí gritos, vi el barco de unos pescadores. Era ya después de mediodía. No recuerdo bien, tal vez era bien entrada la tarde, porque yo me dormía y me despertaba agarrada a la plancha. Oí que me gritaban "ven" o "por aquí", pero yo no podía hacer nada, no tenía fuerzas ni siquiera para levantar la mano. Me encontraba casi desmayada.
Selemaní no se lo piensa mucho y se arroja al agua con un cabo de cuerda en la mano. Llega nadando, no sin dificultad, hasta Bahía, que no recuerda muy bien el momento en que el marinero consigue agarrarla poniéndole una mano en el hombro. Le habla: "Tranquila, no te muevas. Te vamos a sacar de aquí".

La arrastra hasta el barco. La izan. La refugian en el camarote del patrón. La ayudan a despojarse de los botines, de los pantalones vaqueros, de la sudadera empapada y fría. La envuelven en cuatro mantas. Tirita. Siente escalofríos. El patrón le hace una cura de urgencia en el ojo herido.

Luego se percatan de que está medio intoxicada y le ayudan a vomitar varias veces el agua salada y el queroseno que almacenaba en el estómago y que funciona como un veneno. Ella da su nombre y el de su ciudad a los pescadores. Pregunta por su madre, convencida aún de ser la única persona que se ha caído del avión y no la superviviente de un avión destrozado.

 Sin precisar mucho, le contestan que la espera en el aeropuerto. Le dan algo de comer y algunos vasos de agua azucarada. Después se duerme, exhausta, sin saber todavía lo que le ha ocurrido, después de haber flotado más de dieciséis horas a la deriva completamente sola y en silencio, aterrorizada por los tiburones de su imaginación y por la amenaza real de ahogarse.
La noticia de que existe un superviviente del monstruoso accidente de avión da la vuelta al mundo, al principio con un error de bulto. Alguien desde el barco comunica que han rescatado a una niña y alguien en el puerto entiende que se trata de un bebé. Han de pasar aún varias horas hasta confirmar que la milagrosa superviviente es una adolescente de 13 años, delgada, con nombre y apellidos, que vive en las afueras de París.

Ése es el segundo telefonazo de urgencia que recibe el padre de Bahía en menos de diez horas. Un amigo de las islas Comoras que acaba de enterarse, le pregunta a bocajarro, casi sin saludar:
-Kassim, ¿cómo se llama exactamente tu hija, la del accidente?
El padre contesta con voz baja pensando que se trata de un formalismo para rellenar el acta de defunción. Cuando le comunican que es la única superviviente del vuelo y que ha llegado a un hospital de Moroní el buen hombre no se lo puede creer, aquello es un milagro.

 Los médicos la diagnostican heridas en un ojo, quemaduras en la mejilla, quemaduras en las piernas y una clavícula y una cadera rota. A falta de hemorragias internas, nada grave. El coronel Maurice Mauplot, que participó en las labores de rescate, afirmó tras conocer el parte médico que él había visto gente que se había caído de una bicicleta con más heridas que ella.
Bahía todavía cree que ella sola se cayó del avión, que éste aterrizó sin problemas hace horas, que su madre vive. Por eso no entiende qué hace allí, a su lado, una psicóloga. Ésta le explica que hay muchas probabilidades de que se sienta culpable después de haber sobrevivido a un accidente de avión. Sorprendida, confusa, extrañada de esa frase algo enigmática, le pregunta por qué no está ahí su madre, y la psicóloga le responde, brutalmente, que no hay más supervivientes, que ella es la única persona viva que ha salido de ese avión.
Después de eso apenas habló unas cuantas palabras de su madre. No quiere que le pregunten por ella. Su familia, durante mucho tiempo, tampoco lo hizo. Era, según cuenta, una manera de conjurar su ausencia, de sufrirla cada uno por su lado. Hasta que una vez, meses después del accidente, su hermano Badway, de tres años, se arrojó al suelo aferrado a un ramo de flores que había encontrado en casa, gritando que eran para su mamá.

 La adolescente lo cuenta en un libro publicado recientemente, titulado Bahia, la miraculé, en el que relata toda la historia al periodista Omar Guedouz. Ahí también explica que el golpe de enterarse de que su madre había muerto en el accidente fue mucho más grande y más doloroso que el que sintió al desintegrarse el avión, peor que la noche pavorosa que padeció a la deriva en medio del mar.

El resto de la historia es simple: regresó en el avión de un ministro francés que acudió a interesarse por ella y a hacerse la foto, se reencontró con su padre, dividido entre la angustia de haber perdido a su mujer y la alegría de haber recuperado a su hija mayor; convaleció durante varios meses en un hospital de París, la visitó de forma meteórica el presidente de la República, Nicolas Sarkozy, se le cerraron de nuevo los huesos de la clavícula y de la cadera, se le curó el ojo, las quemaduras leves de la mejilla y las otras más graves que sufrió en las piernas.

 Volvió a su casa y recuperó la vida cotidiana. Como si su viaje de vacaciones hubiera sido como el de cualquier otro niño regresó al instituto el primer día de clases, allí se reencontró con sus amigos y volvió a obtener sus notas brillantes de alumna modelo.

Sigue siendo tímida, como recuerda el padre, que también resalta el inmenso deseo de vivir y el instinto de superviviente y la tenacidad que demostró en las horas sufridas después del accidente y en los días y meses que siguieron. En algún lugar de la casa guarda el teléfono de varios psicólogos especializados que le dieron en el hospital para ayudar a su hija, pero no los ha utilizado por ahora porque la ve bien física y psicológicamente.

Ella sonríe de una manera tristísima y esconde la cara porque todo esto le recuerda a su madre, cuyo cadáver nunca fue encontrado. Asegura que casi todos los días se acuerda del accidente, de la noche agarrada a la plancha con la ventanilla. Pero necesita terminar ya de contarlo. Hay cosas más importantes que hacer para una chica de 14 años: el futuro, que esta tarde tiene forma de un amigo que llama, que espera abajo y que les mete prisa a ella y a su padre para que salgan de casa. Se levanta de la lavadora de un salto.
-¡Papá, vámonos ya, tenemos que irnos al cumpleaños, lo prometiste!

A las semanas se conocieron nuevos aspectos del siniestro.
Desde París volaron hasta la ciudad de Marsella; de Marsella, en otro avión similar, a Sanáa, en Yemen. Allí, la compañía Yemenia Airlines les cambió de nuevo de avión para la última parte del viaje. Iban a salir a una hora pero por problemas con el avión terminaron subiendo a otro con un retraso importante.
El aparato, un viejo Airbus 310, sin permiso desde 2007 para volar en Europa por determinadas irregularidades, constituía lo que los comoranos, acostumbrados a esa compañía aérea, denominan "aviones basura" o "aviones ataúd".
 El padre de la niña manifestó que había perdido las esperanzas de ver a su pareja o a su hija de nuevo. Cuando surgieron las noticias de una niña sobreviviente, él rezó para que fuera Bahia.
"Cuando hablé con ella me preguntó por su madre. Le dijeron que ella estaba en una sala contigua, para no traumatizarla. Pero no es verdad. No sé quién se lo va a decir".

Los rescatistas elogiaron a Bahia por mantenerse a flote en aguas turbulentas entre cuerpos y restos a unos 17 kilómetros de las costas. Se presume que la mayoría de los pasajeros se hundió con la nave y unos pocos se ahogaron en las horas siguientes. De hecho los pescadores encontraron cuerpos flotando en el mar que sorpresivamente nunca llegaron a hundirse.

El sargento Said Abdilai, uno de los rescatistas, relató: "Tratamos de lanzarle un salvavidas. Ella no pudo pescarlo. Yo tuve que saltar al agua para tomarla". Luego, le dio a la niña agua caliente con azúcar. "Ella estaba tiritando. La envolvimos con cuatro frazadas".

Bahia, cuya familia era de una aldea comorense, sufrió cortes en su rostro, una fractura de clavícula y quemaduras en las rodillas.
El jefe de la unidad de desastre en las Comores señaló que la adolescente sobrevivió contra todas las probabilidades. "Es verdaderamente milagroso", aseguró Ibrahim Abdoulazeb.
Alain Joyandet, ministro francés de Cooperación, visitó a Bahia en el hospital. "Es un verdadero milagro. Es una niña valiente, estuvo 16 horas luchando contra las inclemencias del tiempo, el agua y la angustia", expresó.

"La ira ha aumentado en la comunidad comorense en Francia contra la aerolínea, que sirve al ex archipiélago francés. Se sospecha que un error del piloto fue la causa del accidente dos minutos después que éste abortara su acercamiento inicial y voló en círculos a baja altura para hacer un segundo intento de aterrizaje en medio de fuertes vientos.

 El padre de Bahia se unió a aquellos que creen que hubo prácticas "ineficientes" en la aerolínea.
Parece ser que se estaba quedando sin gasolina y por eso trató de aterrizar pese al fuerte viento. Otra hipótesis apunta a problemas en los motores, esto haría entender porque el piloto volaba a tan baja altura si todavía estaba lejos del aeropuerto.
 Sea cual fuere la causa del accidente lo cierto es que a Bahía la colocan en un asiento algo alejado del de su madre, tras mucho discutir con una azafata consiguen cambiarle el asiento a un señor que estaba junto a la madre y así hija y madre pasan a estar juntas.
El avión era muy viejo y olía a rancio, los asientos eran incómodos y más estrechos que los de los otros dos aviones que habíamos cogido. Estábamos muy cansadas tras más de 14 horas volando y contábamos los minutos que quedaban para tomar tierra y disfrutar de las vacaciones. Era la primera vez que salía de Francia y tenía muchas ganas de conocer la isla donde nacieron y crecieron mis padres.
Recuerdo como justo después de comer me entró ganas de ir al lavabo, cuando llegué al servicio olía muy mal, a un producto que sirve para matar las cucarachas. En ese momento comenzaron unas turbulencias horribles que me dificultaron enormemente el hacer pis. Casi me golpeo con la puerta al tratar de subirme los pantalones.
Cuando por fin logro salir del baño me encuentro con una azafata que estaba muy tranquila, me dijo que me volviera a sentar y me abrochara el cinturón de seguridad. En unos minutos llegamos, me dijo cuando me volteaba y comenzaba a caminar hacia mi asiento.
Las turbulencias remitieron y mientras caminaba por el largo pasillo me llamaba la atención los rostros serenos de la mayoría de pasajeros, algunos dormían, otros leían o conversaban tranquilamente. Pese a las turbulencias sufridas hacia un minuto todo parecía estar bien y nada hacía presagiar el desastre que se cernía sobre nosotros.
Llegué junto a mi madre y tras abrocharme el cinturón me dijo que me bebiese el vaso de agua para plegar mi mesa. Yo no tenía sed pero me lo bebí entero para deshacerme del vaso y quizás esos 20 centilitros de agua me salvaron de no morir deshidratada. A los dos minutos de aquello se produjo la tragedia.
Tómate el agua, esa fue la última orden que me dio mi madre, bendita orden, ahora lo pienso y pareciese como si alguien le hubiera dado una señal de lo que iba a suceder y por eso me pidió que me hidratara.
EL ACCIDENTE
Entonces oye un ruido insoportable parecido al que hace una tela al rasgarse. Siente una suerte de aspiración gigante y una descarga eléctrica en su sistema nervioso que la deja inconsciente. El avión acaba de estrellarse en el mar sin que aún se sepa exactamente por qué. Nadie ha dado aún con las causas de este accidente, todavía con un juicio pendiente.
Bahía despierta en el agua. Bucea, sale a flote. Nada unos cuantos metros gracias a los conocimientos de natación de las clases de piscina del instituto.
No recuerda el momento de caer, no recuerda el golpetazo contra el mar. Tan sólo el hecho de verse de pronto debajo de las olas.
Trata de subirse a él, pero la plancha de metal no tiene superficie suficiente y se desliza por debajo de ella o se hunde. Se resigna a quedarse recostada, con la cabeza y el torso apoyados en la plancha pero con las piernas sumergidas.
Nota que el mar sabe a gasolina. No repara en el queroseno que la rodea, liberado por el avión tras el accidente. No hay fuego, ni llamas, ni luces cerca o lejos, ni luna en el cielo.
Bahía recuerda una noche cerrada y silenciosa en la que acaba de ingresar de golpe sin comprender aún cómo. Siente que le duele el ojo izquierdo, que le pesan las piernas, que los pantalones y los botines se han convertido de pronto en una condena, que no puede mover el cuello hacia la derecha, que le duele la cadera.

Entonces, a la luz de la mañana, auxiliada por cierta lucidez que le aporta el haber dormido y descansado algo, Bahía descubre lo sola que se encuentra en medio del océano. Por fortuna todo terminó cuando fue rescatada esa misma tarde.